La prehistoria de la IA Slop

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Cuando piensas que la era del texto generado por máquinas comenzó con ChatGPT, hay un detalle que lo cambia todo: ya en 1962, una máquina llamada Auto-Beatnik producía cinco mil poemas por hora, y la prensa británica los consideraba incluso mejores que los de ciertos poetas humanos. Desde entonces, la historia de la escritura automática es una larga estela de artimañas, engaños y sueños de automatización, y hoy la palabra «slop», traducida como «papilla» o «bobada», se ha vuelto tan común para definir el texto de IA que el diccionario Merriam-Webster la ha elegido como palabra del año en 2025. La tesis aquí es clara: pensamos que el diluvio de textos generados por máquinas es una novedad tecnológica, pero en realidad es solo el último capítulo de una obsesión tan antigua como la literatura industrial, y cada vez que creemos que hemos tocado fondo con el «texto basura», la historia nos recuerda que la nostalgia por la pureza humana siempre ha sido en realidad un juego amañado. Pongamos por ejemplo a Wycliffe A. Hill, que en 1931 vendía a los soñadores de Hollywood el Plot Robot, anunciado como una máquina capaz de escribir historias con «alma creativa e imaginación», pero que en realidad era solo una rueda de cartón con números y combinaciones. O Christopher Strachey, un matemático inglés de los años 50, que programó el ordenador de la Universidad de Manchester para que escribiera cartas de amor extrayendo palabras al azar de listas preestablecidas: «Querido tesoro, mi afectuosa simpatía atrae espléndidamente tu afectuoso entusiasmo. Eres mi adoración», firmado por MAC, el ordenador. Strachey tenía dos objetivos: burlarse de los periodistas que llamaban a los ordenadores «máquinas pensantes» y demostrar que las cartas de amor son a menudo en sí mismas un ejercicio de sinsentido. Hoy en día, el término «slop» refleja una realidad visible en todas partes: ya en otoño de 2024, según la agencia Graphite, la mitad de los artículos en línea en inglés estaban escritos por máquinas, y en algunas pruebas la gente consideró que los anuncios creados por la IA eran mejores que los humanos. El crítico literario Matthew Kirschenbaum advierte de un «textpocalypse», en el que los textos escritos por seres humanos se convierten en reliquias que hay que conservar como muestras de caligrafía, «objetos que hay que cuidar y proteger», porque están desapareciendo. Pero la necesidad de automatizar la creatividad es mucho más antigua: las cartas del tarot, los manuales decimonónicos de cartas precompiladas, las fábricas de novelas preindustriales. En 1957, Noam Chomsky escribió «ideas verdes sin color duermen furiosamente» para demostrar que la sintaxis puede existir sin sentido, una frase que hoy parece casi salida de un generador automático. Sin embargo, a lo largo de las décadas, filósofos como Max Bense han intentado trazar la línea divisoria: la poesía natural nace de una conciencia personal, la poesía artificial no tiene un mundo preexistente, ningún «yo» detrás de las palabras. La intención, sugieren Steven Knapp y Walter Benn Michaels, lo es todo: «Lo que significa un texto y lo que su autor quiere decir son la misma cosa». Sin intención, no hay autor, y tal vez ni siquiera significado. Pero la perspectiva que a menudo falta es esta: la nostalgia por la escritura humana nunca ha detenido el deseo de jugar con la máquina, de ver qué sucede cuando solo hay forma sin contenido, de explorar el sentido que también surge del absurdo. Italo Calvino soñaba con una literatura escrita por máquinas «que sientan la necesidad de producir desorden», pero aún hoy los textos generados por la IA son derivados, predecibles, mediocres: «lenguaje sin mente». ¿Es esto realmente lenguaje? ¿O solo ruido? Hoy en día, el fenómeno está en todas partes: en TikTok triunfa «Fruit Love Island», un reality totalmente generado por la IA con frutas parlantes que se cortejan. Y la pregunta sigue en pie: ¿quién está escribiendo realmente nuestra historia? Tal vez la verdadera amenaza no sea la pérdida de la escritura humana, sino la costumbre de pensar que la mente humana puede reducirse a combinaciones aleatorias, o que la inteligencia es solo un excedente, no la raíz del sentido. La frase que hay que sacar a la luz es esta: la historia de la escritura automática no es un paréntesis tecnológico, sino el reflejo de lo mucho que la humanidad siempre ha deseado que la creatividad fuera una fábrica, y de lo mucho que, en cada ocasión, la diferencia entre arte y palabrería depende de una sola cosa: la presencia de una mente detrás de las palabras. Si esta carrera entre la mente y la máquina te parece personal, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: es la forma de declarar que esta pregunta ahora también es tuya. Y si mañana le cuentas a alguien sobre el Plot Robot de Hollywood o sobre los poemas del ordenador de Manchester, puedes usar Shared Offline para etiquetar esa conversación: porque ciertas historias merecen ser recordadas incluso cuando no son humanas. Este viaje entre A.I. slop y la poesía proviene de The New Yorker y te ha ahorrado 11 minutos.
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