«La razón por la que no soy ateo es que considero que los argumentos filosóficos en contra son irrefutables.»
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David Bentley Hart afirma algo que desconcierta de inmediato: «La razón por la que no soy ateo es que creo que los argumentos filosóficos en contra del ateísmo son irrefutables». No lo dice un gurú, sino alguien que se define a sí mismo como un «thoroughly secular man», es decir, un hombre profundamente laico, sin ninguna predisposición natural a la religión. Sin embargo, no consigue quitarse de la cabeza la pregunta de qué hay más allá de la materia: de niño era episcopaliano, hoy es ortodoxo oriental, pero, para él, la verdadera fe nunca ha tenido mucho que ver con los rituales o las instituciones. Según Hart, el problema del ateísmo no es únicamente «no creo en Dios», sino «no puedo explicar la conciencia, la belleza, el hecho de que exista una obligación moral hacia los demás» sin algo que trascienda la materia. Afirma que la belleza en sí misma es una categoría central del pensamiento cristiano y que la Biblia también debe interpretarse con la razón moral, no solo al pie de la letra. Hart no se escuda en las contradicciones de la Iglesia: la historia cristiana, afirma, ha sido tan malvada como buena. Y su fe nunca es ciega. Es más, hoy se declara casi indiferente a la autoridad dogmática o institucional: sigue defendiendo el carácter de Dios incluso frente a aquellos creyentes que pretenden hablar en su nombre. Siente un «burning sense of obligation» —un ardiente sentido de obligación— hacia los últimos, aquellos a los que Jesús situaba en el centro: los pobres, los marginados, los extranjeros. Y aquí llega la inversión: para Hart, el verdadero desafío al materialismo no es una lucha entre la ciencia y los milagros, sino la cuestión de si todo lo que importa en la vida —la conciencia, la belleza, la obligación moral— puede explicarse realmente solo con átomos y leyes físicas. Y cuando aborda el problema del mal —el hecho de que en la historia cristiana también ha habido imágenes de Dios de lo más monstruosas, no solo las más luminosas—, no se echa atrás: la fe debe defenderse, revisarse e incluso cuestionarse continuamente. En la cena puedes lanzar al menos tres bombas: Hart afirma que la categoría de la belleza es fundamental para comprender el cristianismo, que, en su opinión, la conciencia sigue siendo inexplicable para quienes se limitan al materialismo, y que la historia de la Iglesia ha sido tan malvada como buena; no es la institución lo que la salva, sino el «misterio más allá de la naturaleza». En su opinión, quienes se quedan en las fórmulas religiosas no han entendido la cuestión. En todo esto, la perspectiva que falta y que pocos abordan es la siguiente: ¿qué sucede si, en algún momento, incluso quienes se sienten racionales y escépticos se dan cuenta de que sus preguntas más profundas no encuentran respuesta únicamente en el orden natural? Hart no es un converso entusiasta, sino alguien que se siente obligado a permanecer en la fe porque lo contrario —el ateísmo radical— le parece demasiado simplista. En pocas palabras: para Hart, la verdadera alternativa al ateísmo no es creer por tradición, sino no poder ignorar que algunas preguntas quedan sin respuesta si se excluye todo misterio. Si esta tensión entre misterio y racionalidad te resulta familiar, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: no es un «Me gusta», sino una forma de decir que ahora esta pregunta te pertenece. Y si mañana le cuentas a alguien que existe un teólogo que se considera laico pero no consigue ser ateo, en Lara Notes puedes etiquetar a los que estaban presentes con Shared Offline: es la forma de decir que esa conversación realmente ha valido la pena. Esto procede de una entrevista con David Bentley Hart publicada en la edición en línea del New York Times: te has ahorrado más de diez minutos de lectura.
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«La razón por la que no soy ateo es que considero que los argumentos filosóficos en contra son irrefutables.»