La sorprendente ciencia de las cosquillas
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Mentes cosquillosas: desentrañamos el enigma que se esconde tras la risa.
Entra en un laboratorio donde resuenan las risas y la más extraña de las sensaciones humanas ocupa un lugar central: las cosquillas. Lejos de ser una travesura infantil o una simple fuente de risas, las cosquillas son una ventana al intrincado funcionamiento de nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestros vínculos sociales, un fenómeno que lleva siglos desconcertando a los pensadores.
Imagina a un voluntario sentado en una silla, con los pies descalzos, mientras un robot llamado Hektor le pasa unas sondas por las plantas de los pies. Cada estremecimiento, cada risa, cada gota de sudor y cada latido del corazón se registran meticulosamente. Los electrodos captan la tormenta eléctrica del cerebro y revelan la coreografía oculta entre el tacto y la emoción. No se trata solo de diversión y juegos. Aquí, los neurocientíficos están desentrañando uno de los misterios más antiguos de la biología.
Las cosquillas son antiguas y universales. Desde los humanos hasta los simios, e incluso las ratas, esta peculiar respuesta se extiende por todo el reino animal. Chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes: todos muestran comportamientos lúdicos relacionados con las cosquillas. Cuando se les acaricia suavemente, las ratas emiten vocalizaciones de alegría y se les activan las mismas regiones cerebrales que a los humanos cuando les hacen cosquillas. Incluso en todas las culturas, la risa provocada por las cosquillas es reconocible al instante, lo que sugiere un hilo evolutivo compartido.
Pero ¿por qué evolucionó esta sensación? Abundan las teorías. Quizás las cosquillas sean un vestigio evolutivo, un mero efecto secundario del sistema nervioso. O quizá sea un poderoso nexo social, una forma de que padres e hijos estrechen lazos, de que los amigos compartan la alegría, de que las comunidades se unan más. Al fin y al cabo, la risa es contagiosa y el tacto es un lenguaje primordial de conexión. ¿Otra posibilidad? Es posible que en el pasado las cosquillas fueran una herramienta de aprendizaje que ayudaba a las crías de los animales —y a los niños— a descubrir sus puntos vulnerables, a defenderse e incluso a simular combates.
Sin embargo, no todo el mundo experimenta las cosquillas de la misma manera. Por ejemplo, los niños con rasgos autistas más marcados pueden reaccionar de forma diferente y mostrar una respuesta emocional menor a las cosquillas. Las personas con esquizofrenia o con ciertos rasgos de personalidad pueden incluso sentir una sensación de cosquilleo mucho más intensa al tocarse a sí mismas, lo que desafía la antigua regla de que no te puedes hacer cosquillas a ti mismo. Estas diferencias individuales ofrecen a los científicos pistas poco comunes sobre la capacidad del cerebro para predecir e interpretar el tacto, y sobre cómo estos procesos pueden variar en función de los distintos estados mentales.
En el centro de esta ciencia hay una pregunta fundamental: ¿cómo distingue el cerebro entre el tacto propio y el tacto de los demás? ¿Por qué un codazo juguetón de un amigo nos hace reír, mientras que apenas notamos nuestra propia mano? La respuesta podría redefinir nuestra comprensión de la percepción humana y la interacción social.
Detrás de cada carcajada hay una compleja interacción de nervios, emociones e instintos ancestrales. Las cosquillas son más que una peculiaridad curiosa: son un puente entre la biología y el comportamiento, entre el juego y la percepción, y revelan las profundas y misteriosas formas en que se conectan nuestro cuerpo y nuestra mente. Detrás de cada risita hay una historia, y detrás de cada cosquilla, un secreto a punto de salir a la luz.
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