La visión del mundo de Marc Andreessen en 60 minutos | En directo en MTS

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Imagina una escena: en Silicon Valley hoy hay programadores que ya no duermen, con profundas ojeras, ojos alucinados, pero con la sonrisa de un niño ante un juguete nuevo. Los llaman «AI vampires», vampiros de la inteligencia artificial. Están agotados, pero eufóricos, porque la IA ha multiplicado su productividad por veinte en un año. Y esto es solo el principio. La tesis de Marc Andreessen es clara: todo lo que nos han contado sobre la tecnología que roba el trabajo, la sociedad que se autodestruye por demasiada empatía y los jóvenes sin futuro es falso. ¿La verdadera revolución? La IA, en lugar de sustituir el trabajo humano, lo expande. Y quien sabe usarla se convierte en una superpotencia, no en un desempleado. Fíjate en la historia de Twitter: Elon Musk ha despedido al 70 % del personal y la plataforma no solo no se ha derrumbado, sino que funciona mejor que antes. En realidad, Andreessen habla de empresas en las que «el número adecuado» de recortes sería aún mayor. Lo que él llama «bloat» —la hinchazón organizativa— era el verdadero lastre: no se necesitaba a toda esa gente porque, ya antes, la eficiencia era solo una fachada. Y hoy, con la IA acelerándolo todo, las empresas no están despidiendo solo por culpa de los robots: por fin tienen la excusa para recortar lo que ya era inútil. Pero el dato que lo cambia todo es otro: quienes usan la IA no trabajan menos, sino que trabajan más. Andreessen habla de amigos —incluso personas que nunca habían escrito una línea de código— que gracias a sistemas como Codex se han convertido en «superproductores». Han vuelto a programar, crean productos por sí mismos y son muy solicitados en el mercado. ¿Y las empresas? Ofrecen salarios más altos precisamente a quienes consiguen multiplicar su productividad con la IA. No es una teoría: ya es una realidad en los datos de contratación y en los balances de las empresas tecnológicas. Luego está la cuestión de la «suicidal empathy», la empatía suicida. Andreessen cita a Gad Saad y Thomas Sowell: detrás de muchas campañas de reforma social, en San Francisco como en otros lugares, se esconde una forma de empatía que en realidad causa un daño enorme a las mismas personas a las que pretende ayudar. Y a menudo quienes lideran estos movimientos no son realmente empáticos ni están dispuestos a sacrificarse: más bien, utilizan la causa para acumular poder, dinero y estatus. Es emblemático el caso del SPLC —el Southern Poverty Law Center—, acusado de haber financiado, con dinero de los donantes, incluso a grupos supremacistas como el Ku Klux Klan y a los nazis estadounidenses. Una ONG privada, sin ningún control público, capaz de decidir quién puede trabajar, a quién se elimina de las redes sociales y a quién se priva de su cuenta bancaria. Andreessen pregunta: ¿de verdad son los únicos que lo hacen? ¿O hay otras organizaciones que crean el monstruo contra el que dicen luchar para justificar su propio poder? Este cortocircuito —apoyar al enemigo para tener un enemigo contra el que luchar— pone patas arriba la idea misma de activismo. Sobre el futuro del trabajo, Andreessen ve otra revolución: pronto la figura del «builder» —quien sabe combinar programación, diseño y gestión de producto— sustituirá a los antiguos roles. Quienes no se adapten se quedarán atrás, pero quienes adopten la IA subirán de nivel. La historia de la sociedad agrícola lo demuestra: hace doscientos años, el 99 % de los estadounidenses eran agricultores. Hoy son el 2 %, y nadie quiere volver atrás. El salto cualitativo en el trabajo —gracias a la tecnología— siempre ha generado más bienestar y más felicidad, no al revés. Y quienes temen que la IA sea solo una moda pasajera deberían fijarse en los datos: la adopción de estas herramientas es la más rápida de la historia de la tecnología, incluso superior a la de los teléfonos inteligentes o de Internet. A pesar de las encuestas negativas, a menudo manipuladas o influenciadas por medios hostiles a la innovación, la gente demuestra con hechos que le gusta la IA: la usa todos los días, la recomienda y la integra en su vida. ¿Y quién es escéptico? A menudo, nunca han probado realmente las herramientas más avanzadas, o todavía se basan en las versiones de hace dos años. Otro punto de inflexión: la brecha generacional. «Un baby boomer es alguien que cree lo que dice la televisión», afirma Andreessen. Pero los jóvenes de hoy, que han crecido entre las noticias falsas y la manipulación de los medios, ya han desarrollado un cinismo y una desconfianza radicales hacia cualquier autoridad. Son más críticos, más abiertos a nuevas ideas, más conscientes de la guerra psicológica que se libra a través de los medios de comunicación. Y Andreessen lo dice sin rodeos: si hoy tuviera veinte años, estaría en éxtasis por las posibilidades que tengo ante mí. ¿El consejo para los jóvenes? Conviértete en un nativo de la IA, utiliza esta palanca para diferenciarte, lleva a cada entrevista un portafolio que demuestre cómo sabes usar la IA para resolver problemas reales. El futuro pertenece a los «superproductores», no a los nostálgicos de un mundo que nunca volverá. Y si ves a alguien que tacha todo esto como «AI psychosis», es decir, una ilusión colectiva, pregúntale si realmente ha probado las versiones más recientes de las herramientas o si simplemente está repitiendo eslóganes que ha escuchado. La frase a tener en cuenta: la IA no elimina el trabajo humano, lo eleva, y quien se adapte hoy será el protagonista de la próxima revolución. Si esta perspectiva te resulta atractiva, en Lara Notes puedes marcar I'm In: no es un «me gusta», es tu declaración de que esta idea ahora forma parte de tu forma de pensar. Y si dentro de unos días lo comentas con un amigo que teme por el futuro del trabajo, puedes etiquetarlo con Shared Offline, para que esa conversación pase a formar parte de tu historia y no sea solo un recuerdo. Esta Nota proviene de a16z y te ha ahorrado 62 minutos.
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