La vulnerabilidad del Estado liberal neutral

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Cuando Reagan fue elegido presidente, Michael Sandel pronunció una frase que en aquel momento parecía casi una paradoja: «El problema de la tolerancia es que no se interpreta por sí sola. No basta con ser neutrales. La tolerancia presupone una visión del bien común». Parece una cuestión abstracta, pero hoy en día es la grieta por la que se está deslizando la política occidental. Todo el mundo cree que el Estado liberal es fuerte precisamente porque no se pronuncia sobre la vida de sus ciudadanos. Pero la verdad —y aquí viene la sorpresa— es que esta neutralidad es su mayor debilidad. Cuando el Estado se limita a decir: «Que cada uno elija su propio camino, basta con respetar la libertad de los demás», crea un vacío de sentido. En ese vacío, tarde o temprano, llega alguien e impone su propia idea del bien, a menudo de forma agresiva. La tesis de Sandel es que el sueño liberal de vivir y dejar vivir, sin debatir sobre los valores fundamentales, no se sostiene. En cambio, se necesita un verdadero enfrentamiento, cara a cara, sobre los valores: no para eliminarlos del debate público, sino para situarlos en el centro. Michael Sandel es profesor en Harvard, autor de «Democracy’s Discontent» y ha dedicado los últimos cuarenta años a observar qué sucede cuando la política abandona el terreno de los grandes ideales para refugiarse en la neutralidad técnica. En una entrevista con Nathan Gardels, de Noema, Sandel explica que ya en la década de 1980 observó cómo la izquierda estadounidense cedía el lenguaje de la comunidad y la identidad a la derecha. Según afirma, Reagan ganaba no solo por el libre mercado, sino también porque sabía evocar la patria, la pertenencia y el orgullo nacional. Los progresistas, en lugar de proponer su propia idea sólida de lo que significa ser ciudadanos, empezaron a desconfiar incluso del patriotismo, dejando que la derecha lo enarbolara como estandarte. ¿El resultado? Una política que solo habla de mérito y éxito individual, con el famoso mantra: «Si quieres triunfar, estudia, esfuérzate y mejora como persona». Pero Sandel revela el cortocircuito: cuando el 62 % de los estadounidenses no tienen un título universitario, afirmar que solo quienes lo tienen merecen un trabajo digno es como construir una sociedad en la que la mayoría ya parte derrotada. Y así nace la ira populista, el resentimiento de quienes se sienten menospreciados por los «ganadores» de la globalización. Sandel pone un ejemplo concreto: la decisión del Tribunal Supremo en el caso Roe contra Wade, sobre el aborto. El Tribunal se declaró «neutral» en cuestiones morales, pero, aun así, acabó adoptando una posición. En resumen, la neutralidad suele ser solo una máscara que oculta decisiones morales tomadas entre bastidores. En cambio, cuando la sociedad debate de verdad —como ocurrió con el matrimonio homosexual—, el cambio no surge de evitar el conflicto, sino de la participación directa de las familias, las iglesias y los amigos. El punto de inflexión no fue la tolerancia pasiva, sino la «pluralidad de la participación», es decir, la valentía de argumentar y escuchar. Pero atención: la crítica de Sandel va aún más allá. El modelo liberal moderno ensalza al individuo como un «yo libre», desvinculado de cualquier tradición. Parece libertad, pero se convierte en soledad e impotencia política. La verdadera libertad, afirma Sandel, consiste en participar en el destino colectivo: en reflexionar juntos sobre lo que importa, sobre qué tipo de sociedad queremos ser. Y aquí llega el dato que hace saltar por los aires la conversación en la cena: en el Congreso, casi nadie representa a quienes no tienen un título universitario. De los senadores, solo uno. En la Cámara de Representantes, menos del 5 %. Se trata de una distorsión enorme: si se tratara de una cuestión racial, sería un escándalo. Sandel llega incluso a proponer la creación de asambleas populares elegidas por sorteo, en las que cualquier persona —con o sin titulación universitaria— tenga una voz real a la hora de tomar decisiones. El punto ciego que a menudo pasamos por alto es que neutralidad no equivale a equidad. Un verdadero sistema democrático no se construye dejando de lado los valores, sino abriéndose a debates, incluso acalorados, sobre qué es el bien común. Y hay otra idea que pone patas arriba el sentido común: escuchar no consiste únicamente en oír las palabras de la otra persona, sino en buscar el valor profundo que subyace a sus argumentos. La democracia, afirma Sandel, es ante todo el arte de escuchar. Pero la perspectiva que falta en el debate es la siguiente: ¿qué ocurre si, en lugar de buscar una visión compartida del bien, aceptamos que los valores son realmente irreductibles y dejamos que cada comunidad, ciudad o Estado decida por sí mismo? Algunos pensantes proponen «jurisdicciones plurales», una especie de Edad Media moderna en la que ya no existe una verdadera comunidad nacional, sino únicamente archipiélagos con normas diferentes. Sandel responde que el verdadero reto es no rendirse sin antes intentarlo: solo debatiendo juntos podremos entender qué cuestiones son realmente innegociables. Y la democracia, en última instancia, se nutre precisamente de este esfuerzo. La frase para recordar es la siguiente: La neutralidad del Estado no es una garantía de libertad; es una puerta abierta para llenar, a menudo de forma agresiva, el vacío moral que deja. Si crees que esta perspectiva te ha hecho ver de otra manera la palabra «neutralidad», en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: no es solo un interés, es una declaración de que esta idea ahora te concierne. Y si dentro de unos días te sorprendes contándole esta historia a alguien —tal vez preguntándole «¿sabías que en el Congreso casi nadie representa a quienes no tienen un título universitario?»—, en Lara Notes puedes volver y etiquetar a la persona que te acompañaba: se llama Shared Offline. Esta Nota procede de una entrevista publicada en NOEMA: te has ahorrado casi 15 minutos en comparación con la lectura completa.
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