Las lecciones de la larga paz confuciana

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Hay algo que hoy en día pocos recuerdan: durante casi 300 años, entre 1598 y 1894, China y sus vecinos —Japón, Corea, el Reino de Ryukyu y Vietnam— vivieron en paz casi total entre sí. Solo 22 guerras entre ellos en tres siglos, apenas el 4 % de todos los conflictos en los que estuvieron implicados. ¿Cómo es posible que una de las zonas más pobladas y estratégicas del mundo haya disfrutado de una estabilidad tan prolongada? La respuesta es contraintuitiva: no fue el miedo, el equilibrio de poder o la disuasión, sino una filosofía compartida: el confucianismo. La tesis es la siguiente: pensamos que solo la democracia es capaz de evitar las guerras entre Estados similares, pero la historia de Asia Oriental demuestra que también otras ideologías sólidas y compartidas pueden actuar como un nexo pacífico. No es necesario tener el mismo sistema político: lo que se necesita es una visión común de lo que es justo, de cómo se resuelven los conflictos, de quién ocupa el centro y quién queda al margen. Los protagonistas de esta historia son figuras como el emperador Qing Kangxi, que reinó en China de 1661 a 1722, y los funcionarios coreanos de la dinastía Joseon, todos ellos formados en los clásicos confucianos. Hay un episodio que ilustra esta idea: en 1712, un error de un cartógrafo chino podría haber duplicado el territorio de Corea y desencadenado una guerra. Sin embargo, los coreanos decidieron corregir el error por sí mismos, sin «molestar» al emperador, por respeto a la jerarquía confuciana. No se trataba solo de diplomacia: era una forma de ver el mundo en la que la paz entre «parientes culturales» era un deber moral. Y esta lógica también funcionaba en momentos de crisis. Cuando, en 1789, China perdió la guerra contra Vietnam, en lugar de humillar al vencedor, lo reconoció de inmediato como rey legítimo y restableció la relación tributaria y la posibilidad de comerciar. También se toleraban las ambigüedades para evitar el conflicto: Japón, aunque abandonó formalmente el sistema tributario chino en 1624, continuó comerciando y manteniendo relaciones indirectas, mientras que con Corea ambas partes interpretaban las misiones diplomáticas de forma opuesta, pero sin entrar en conflicto. Lo más increíble es que esta paz no era solo fruto del miedo o de la conveniencia: la mantenía un sistema de valores que daba más importancia a la armonía que al orgullo nacional. Pero atención: el sistema se derrumbó cuando llegaron las potencias occidentales y Japón abandonó el confucianismo para imitar a las potencias europeas, volviéndose agresivo y colonial. A partir de entonces, la región volvió a ser escenario de guerras. Lo realmente sorprendente es que algo similar ocurrió en el mundo occidental después de 1945, pero con la democracia en lugar del confucianismo. También en este caso, una ideología compartida —la confianza en el compromiso, en los derechos humanos y en las instituciones comunes— ha permitido que decenas de Estados no se hagan la guerra durante décadas. Por lo tanto, más que la forma de gobierno, lo que importa es la existencia de una filosofía compartida que haga moralmente inaceptable la guerra entre «semejantes». Aquí el contrarian es el siguiente: nos decimos a nosotros mismos que la democracia es la única garantía de paz entre Estados, pero la historia demuestra que la clave es una ética común, aunque no sea democrática. Si Estados Unidos y China consiguieran encontrar aunque fuera un mínimo valor compartido —por ejemplo, la convicción de que la guerra entre potencias debe evitarse a toda costa—, podrían garantizar la estabilidad en el mundo tanto como las democracias europeas o las cortes confucianas. La lección es la siguiente: la paz duradera no surge tanto de la estructura política como de un código moral compartido por quienes mandan. Si esta idea te ha permitido ver la historia de las relaciones internacionales de una manera nueva, por tanto, diferente, en Lara Notes puedes dejar constancia de este momento con I'm In: así, esta perspectiva pasará a formar parte de tu forma de pensar y no será solo una curiosidad que hayas escuchado. Y si te apetece contarle esta historia a alguien —tal vez la próxima vez que habléis de política internacional—, en Lara Notes puedes inmortalizar esa conversación con Shared Offline: etiqueta a la persona con la que estabas y quedará constancia de que habéis hablado de ello juntos. Esta Nota procede de Foreign Affairs y te ahorra 6 minutos de lectura.
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