Lo que ven los perros y nosotros no
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Un perro puede mirarte fijamente durante diez minutos seguidos y hacerte sentir observado como ningún ser humano, pero la verdadera pregunta es: ¿qué ve él que nosotros no vemos? René Descartes, el del «Pienso, luego existo», estaba convencido de que los animales no tenían conciencia y practicaba vivisecciones en perros y conejos sin remordimientos. Ciento cincuenta años después, Charles Darwin lo cambia todo: los humanos son animales, y punto. Pero hoy, en la era de la inteligencia artificial, la confrontación ha cambiado: ya no son los humanos contra los animales, sino los humanos contra las máquinas. Y aquí llega la sorpresa: las cosas que creíamos más humanas —razonar, hablar, hacer cálculos— son precisamente las que los ordenadores aprenden con mayor facilidad. Pero las emociones, la sensación de estar vivos, siguen siendo terreno reservado a los animales. Michael Pollan lo expresa así: «Las capacidades superiores que pensábamos que eran solo nuestras —la razón, el lenguaje, la inteligencia— han sido más fáciles de enseñar a las máquinas que las emociones básicas que compartimos con los animales». Judith Shulevitz, al escribir sobre los perros en el arte, relata la sensación que conoce cualquiera que viva con un perro: ese momento en el que te das cuenta de que otra conciencia, distinta de la tuya, te está mirando y te entiende sin palabras. En un cuadro de Tiepolo, un perro ve a una joven y su mirada desvela el significado de la obra. En una pintura de Goya, un mendigo ciego tiene los ojos cerrados, pero su perro, en cambio, nos mira directamente: se convierte en el centro de la escena, el punto de conciencia y de conciencia moral. Thomas Laqueur, autor del libro «La mirada del perro», sostiene que en los cuadros los perros a menudo se colocan allí para ver lo que a los humanos se les escapa, para decirnos dónde mirar. Y si lo piensas, tiene sentido: un ordenador también puede escribir una novela o pintar un cuadro, pero siempre falta esa chispa, esa intuición que da la vida vivida. Por eso, el arte creado por la inteligencia artificial nos deja fríos, mientras que la presencia de un animal, real o pintado, nos devuelve algo que ni el humano más brillante ni la máquina más sofisticada pueden inventar. Lo realmente extraño es que se necesitaron siglos y mil teorías filosóficas, pero bastaba con sentarse junto a un perro para entender que la conciencia no es solo pensamiento, sino sobre todo sentimiento. Tal vez, si Descartes hubiera mirado a su perro a los ojos en lugar de diseccionarlo, habría escrito una historia muy diferente sobre la mente. Ahora intenta mirar a tu perro, o incluso al perro de un amigo, cuando te mira fijamente: no solo te está observando, sino que te está indicando algo que tú, como humano, corres el riesgo de no ver nunca. Esta es la perspectiva que casi siempre falta: no es la inteligencia lo que nos separa de las máquinas, sino la capacidad de sentir y de ver el mundo con una intuición que no se puede programar. Los perros, en el arte y en la vida, están ahí para mostrarnos la parte de la realidad que tendemos a ignorar. Si pensabas que tu perro te miraba fijamente solo para pedir comida, tal vez a partir de hoy lo mires con otros ojos. Ser consciente no significa solo pensar, sino sentir realmente que existes. Si esta historia te ha hecho ver a tu perro bajo una nueva luz, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: es la forma de decir que esta perspectiva te pertenece. Y si por casualidad hablas de ello con alguien, tal vez contando la escena de Goya o la frase de Pollan, en Lara Notes puedes marcar la conversación con Shared Offline: es el gesto que hace un seguimiento de las ideas que circulan fuera de las redes sociales. Esta idea proviene de The Atlantic y te ahorra 8 minutos de lectura.
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