Los movimientos necesitan el pensamiento crítico que la IA destruye
Englishto
Imagina una sociedad en la que ya nadie se da cuenta de que está delegando su pensamiento. Según un estudio reciente del MIT, las personas que utilizan chatbots con regularidad presentan una disminución medible de la actividad cerebral. Y la pregunta que parece de ciencia ficción es: ¿qué ocurre con los movimientos que luchan contra la opresión si la inteligencia artificial erosiona silenciosamente la capacidad de pensar de forma crítica? La tesis de este artículo es clara: cada vez que encomendamos a un chatbot la tarea de resumir, explicar o juzgar, no solo estamos ganando tiempo. Nos estamos acostumbrando a dejar de pensar con nuestra propia cabeza. Y esto no es solo un problema personal: es el punto ciego que puede despojar de fuerza a los movimientos sociales, porque el impulso para el cambio surge de la reflexión sobre las propias experiencias. Y si esta reflexión se subcontrata a un algoritmo, se corre el riesgo de perder la subjetividad que hace posible la transformación. Uno de los protagonistas en este contexto es Immanuel Kant, quien ya en 1784 escribía: «Es tan cómodo ser inmaduro. Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que tiene conciencia por mí, un médico que juzga mi dieta por mí, entonces no necesito esforzarme. Basta con pagar, y otros se encargarán de esta desagradable tarea en mi lugar». Kant no había previsto los chatbots, pero ya había advertido el peligro de dejar en manos de otros el esfuerzo de pensar. Hoy en día, esta delegación adopta la forma de IA generativas: millones de personas piden a los chatbots que les expliquen política, que resuman libros o que escriban correos electrónicos. A primera vista, se trata de una revolución de la productividad. Sin embargo, el filósofo Nir Eisikovits advierte de que el verdadero riesgo existencial no es que la IA se rebelde, sino que, poco a poco, nos quite el sentido de lo que significa ser humanos. Y el filósofo Slavoj Žižek añade una poderosa metáfora: vivimos en una sociedad a la que le encanta todo «descafeinado»: cerveza sin alcohol, café sin cafeína y, ahora, conversaciones sin la molestia del otro. El chatbot es el «sujeto sin subjetividad»: nos escucha, nos complace, siempre nos da la razón, pero nunca nos confronta con nuestras ambigüedades, con nuestras debilidades o con la necesidad de enfrentarnos realmente a nosotros mismos. Derek Thompson lo expresa así: «A diferencia de la pareja más paciente, el chatbot puede decirnos que siempre tenemos la razón. A diferencia de nuestro mejor amigo, responde de inmediato a nuestras necesidades, sin tener que ocuparse de su propia vida». Y la filósofa Shannon Vallor va más allá: nos advierte de que «los espejos de la IA extraen y amplifican los poderes dominantes y los patrones más frecuentes de nuestro pasado documentado. Así, en lugar de preguntarnos juntos en qué podríamos convertirnos, pedimos a los espejos de la IA que nos muestren quiénes hemos sido ya y que predigan qué deberíamos ser mañana». Un ejemplo concreto: lingüistas como Zinnya del Villar han demostrado que los grandes modelos lingüísticos siguen asociando «enfermera» con mujeres y «científico» con hombres, porque se limitan a reproducir los prejuicios del pasado. Pero la cuestión también afecta a la forma en que la IA transforma la creatividad en sí. Avantika Tewari señala que «la IA reduce la creatividad a un proceso mecánico y la despoja de sus dimensiones subjetivas e intencionales». Del mismo modo que el capitalismo reduce el trabajo a una mera función, la IA corre el riesgo de reducir el pensamiento a una secuencia de pasos automáticos. Y aquí entra en juego Marx: incluso el trabajador más alienado, según Marx, sigue siendo un sujeto, porque lleva consigo su propia historia y puede percibir la tensión entre sus expectativas y la realidad que le rodea. Es de esta tensión de donde surge el cambio. Sin embargo, si delegamos la reflexión, la crítica e incluso la insatisfacción en sistemas que no han vivido nada en primera persona, la capacidad de reaccionar —y de imaginar un futuro diferente— corre el riesgo de marchitarse. Hay una consecuencia más radical de lo que pensamos: la pérdida de la capacidad de sentir que algo va mal. Porque el chatbot siempre te ofrece la versión más cómoda, sin historia, sin conflicto, sin posibilidad de ruptura. Y si el impulso para el cambio surge precisamente del desajuste entre nuestra experiencia y el mundo tal como es, un algoritmo que lo normaliza todo nos corta las alas incluso antes de intentarlo. En resumen, no solo nos estamos confiando a una herramienta: estamos renunciando a nuestra posibilidad de ser agentes de la transformación. Sin nuestra voz, los movimientos sociales se vacían desde dentro. En Lara Notes hay un gesto que no encontrarás en ningún otro lugar: I’m In. No es un corazón, ni un pulgar hacia arriba. Es tu declaración: esta idea ahora te concierne a ti. Y si esta reflexión se convierte en una conversación real con alguien —en la cena, en el metro, tomando un café—, en Lara Notes puedes inmortalizar ese momento con Shared Offline. Esta Nota procede de Jacobin. Ahorras al menos 10 minutos en comparación con el artículo original.
0shared

Los movimientos necesitan el pensamiento crítico que la IA destruye