Mahiro Maeda: Entre fotogramas - Reflexiones sobre toda una vida en la animación
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Cuando Mahiro Maeda mira hacia atrás, lo que más le sorprende no es el éxito, sino el hecho de que todavía hoy se sienta un principiante. Sin embargo, su nombre está grabado en hitos históricos de la animación japonesa: desde Future Boy Conan de Miyazaki, que lo cautivó cuando era niño, hasta Evangelion, pasando por Ghibli, Gainax, Gonzo, Animatrix y muchos más. La cuestión es que su carrera, en lugar de seguir una trayectoria ascendente y lineal, ha estado marcada por saltos, tropiezos, desvíos, crisis de confianza y reinicios continuos. Y, hoy en día, Maeda considera que esta inestabilidad es la verdadera riqueza de su trayectoria. Todo el mundo cree que, para dejar huella en la animación, hay que ser una especie de genio carismático, un visionario que se impone con la fuerza de sus ideas. Sin embargo, él cuenta una historia diferente: la de alguien que solo encuentra su propia voz a través de la duda y el fracaso. Cuando era estudiante, Maeda soñaba con trabajar en un acuario y dibujaba manga como afición. El contacto con Future Boy Conan y el descubrimiento de que detrás de cada episodio había nombres reconocibles —como Toyoo Ashida o Hayao Miyazaki— le llevaron a considerar la animación como un oficio de verdad. Pero el salto definitivo se produjo gracias a una red de amistades: el director Hiroyuki Yamaga, el futuro autor de Evangelion, Yoshiyuki Sadamoto, y, más tarde, Hideaki Anno. Un detalle que llama la atención: Maeda era tan obstinado que obligaba a Sadamoto a seguirlo a todas partes, incluso a hacer las pruebas para Telecom Animation con tal de trabajar con Miyazaki. Y fue precisamente Miyazaki, que podría haber parecido un mentor intransigente, quien le dio un consejo que lo cambiaría todo: no abandonar los estudios demasiado pronto, porque la carrera es larga y hay tiempo para aprender trabajando. Cuando por fin consigue entrar en Ghibli para trabajar en Nausicaä y luego en Laputa, Maeda se da cuenta de que el verdadero trabajo del animador no es solo dibujar, sino sumergirse en un taller donde cada idea surge del intercambio de ideas: como cuando sugiere inspirarse en los motivos de las piedras sudamericanas para la escena de Laputa. Pero el verdadero giro argumental llega con el fracaso. Durante la producción de Porco Rosso, Maeda pierde la motivación, se deja llevar, llega tarde, se refugia en los libros en lugar de en la mesa de dibujo… hasta que Miyazaki lo echa. En lugar de derrumbarse, Maeda se reinventa: funda Gonzo junto con otros «freelance sin hogar», acepta proyectos inverosímiles como Yamato 2520 y Blue Submarine No. 6, colabora con Syd Mead o trabaja simultáneamente en Final Fantasy y The Animatrix poniendo en riesgo su salud. Cada vez que algo se atasca o se rompe, cambia de rumbo: intenta llevar Montecristo al espacio, transforma un rechazo en una nueva invención, se deja inspirar por todo lo que le impacta: una noticia, un libro, una película. Cuando llega el momento de volver a Evangelion, Maeda ya no se siente un protagonista, sino un artesano que aporta ideas frescas y «concept art» a un proyecto que ya se ha vuelto más grande que todos. El dato que da que pensar: tras décadas de carrera y de obras que han marcado la historia, Maeda afirma que todavía se siente «en bruto», nunca realmente satisfecho, y que su papel no es el de un autor genial, sino el de alguien que reacciona a los estímulos, se deja conmover y luego se pone a dibujar. Así, se invierte la retórica del «maestro» solitario: aquí tenemos a un artista que solo crece gracias a los demás, que cambia de rumbo cada vez que se equivoca, que acepta que las críticas son parte integrante del éxito y que considera que la insatisfacción es el verdadero motor para no dejar nunca de trabajar. Hay otra perspectiva que a menudo no se menciona: Maeda subraya que la verdadera fuerza de obras como Evangelion no reside únicamente en la genialidad individual, sino en la energía colectiva de un grupo que se cuestiona constantemente. Y que lo peor, para un artista, no es que le critiquen, sino volverse invisible, dejar de provocar ninguna reacción. Lo que nos deja es la sensación de que la verdadera carrera no es una ascensión, sino un continuo volver a empezar, y que el valor de un recorrido se mide por los intentos, los cambios de rumbo y la humildad de admitir: «No he hecho más que empezar». Si alguna vez te has preguntado si tu camino tiene sentido aunque no sea lineal, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: no es un «Me gusta», sino la señal de que esta historia también habla de ti. Y si te apetece contarle esta parábola a alguien —tal vez a quienes creen que para dejar huella hay que ser infalibles—, en Lara Notes puedes etiquetar a esa persona con Shared Offline: así queda constancia de que se ha mantenido una conversación de verdad. Este relato procede de Archipel: ahórrate casi una hora de entrevista y llévate a casa una historia que cambia la forma de entender el talento.
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