Misteriosas emisiones de radiactividad proceden del submarino soviético Komsomolets, hundido en el mar de Noruega en 1989

Frenchto
Un submarino soviético se hunde a casi mil metros de profundidad en el mar de Noruega y, treinta y cinco años después, sigue emitiendo ráfagas de radiactividad que no se comprenden del todo. No se trata del argumento de una película catastrófica, sino de la realidad del Komsomolets, el buque insignia secreto de la Flota del Norte de la URSS, perdido en 1989 tras un incendio. Cabría esperar que un antiguo pecio nuclear supusiera una amenaza constante y enorme para el océano. Sin embargo, lo sorprendente es que los últimos estudios revelan que la radiactividad es menos preocupante de lo esperado, aunque la presencia a bordo de dos armas nucleares intactas siga siendo una espada de Damocles. La historia del Komsomolets es, ante todo, la de una proeza tecnológica. La URSS quería un submarino capaz de sumergirse a mayor profundidad que todos los de la OTAN, gracias a un doble casco de titanio que le permitiera patrullar a 900 metros, casi el triple de la profundidad habitual. Este monstruo de las profundidades también era un arma furtiva, propulsada por uranio enriquecido, con capacidad para acercarse a las costas estadounidenses sin que nunca la detectaran. Sin embargo, el 7 de abril de 1989, un incendio a bordo acabó con esta invencibilidad. De los sesenta y nueve miembros de la tripulación, cuarenta y dos perecen. Un detalle marca a los supervivientes: la cámara eyectable, una especie de cápsula de salvamento, solo consigue salvar a cinco de los seis oficiales que iban en ella, una cifra que aún atormenta a las familias. Más de tres décadas después, un equipo internacional estudia los restos del naufragio con la ayuda de sonares y robots. El resultado: aunque se detectó radioactividad alrededor del casco, no se propagó de forma masiva por las aguas del mar de Noruega. Sin embargo, el misterio persiste: ¿por qué se observan picos repentinos, «ráfagas» de radioactividad, cuando todo debería ser estable? Nadie puede garantizar que el estado de las armas nucleares no vaya a poner en peligro algún día este frágil equilibrio. Lo sorprendente es que, allí donde se imagina un desastre permanente, la naturaleza y la tecnología mantienen un equilibrio improbable, pero temporal. La verdadera paradoja es que la mayor amenaza no es el reactor destrozado, sino estas dos ojivas silenciosas, cuyo futuro nadie puede predecir. No se habla lo suficiente del valor de los rescatadores ni de las familias de los desaparecidos, que siguen esperando una solución. Se espera que el peligro nuclear sea inmediato y visible. Pero lo que realmente preocupa es el largo plazo, la incertidumbre, la posibilidad de un despertar repentino. ¿La frase clave? Lo que más miedo da no es el accidente, sino la paciencia del riesgo nuclear, silencioso, en el fondo del océano. Si este tipo de historias te interesan, en Lara Notes puedes seleccionar I’m In: no es un «Me gusta», sino una forma de decir que, a partir de ahora, esta idea te conmueve. Y si algún día le cuentas a alguien la historia de este submarino olvidado, puedes marcarla con Shared Offline: es la forma de indicar que esa conversación realmente te importó. Esta nota procede del artículo de «Le Temps» y te ha ahorrado más de un minuto y medio de lectura.
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Misteriosas emisiones de radiactividad proceden del submarino soviético Komsomolets, hundido en el mar de Noruega en 1989

Misteriosas emisiones de radiactividad proceden del submarino soviético Komsomolets, hundido en el mar de Noruega en 1989

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