Namibia quiere construir la primera economía de hidrógeno del mundo

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El audaz sueño del hidrógeno de Namibia: convertir el sol y el viento del desierto en una nueva economía. Imagina un vasto desierto bajo un sol infinito, donde brillan hileras de paneles solares y el viento barre las arenas ocre. Esto es Namibia, un país con más potencial de energía renovable que casi cualquier otro lugar de la Tierra. Hoy se encuentra al borde de un gran experimento: salir de la pobreza y el estancamiento económico construyendo la primera verdadera economía del hidrógeno del mundo. El corazón de esta visión late en lugares insospechados: fábricas donde la luz solar y la energía eólica se utilizan en electrolizadores, máquinas que dividen el agua en hidrógeno y oxígeno. A diferencia de los procesos contaminantes que han impulsado el acero durante siglos, este nuevo método utiliza hidrógeno verde para transformar el mineral de hierro en hierro puro, liberando solo vapor de agua en lugar de dióxido de carbono. Es un enfoque revolucionario que podría ayudar a una industria notoriamente contaminante a limpiar su imagen. Pero ¿por qué Namibia? La respuesta está en sus extraordinarios recursos naturales. Este país cuenta con sol durante todo el año y fuertes vientos, lo que ofrece la combinación perfecta para producir cantidades colosales de energía renovable a un coste mínimo. Aunque su ubicación está lejos de los grandes mercados industriales, Namibia pretende utilizar su hidrógeno no solo como combustible, sino como componente básico de productos como el acero verde y el amoníaco, materiales lo suficientemente densos como para transportarlos a través de los océanos. Ya hay planes ambiciosos en marcha: una estrategia gubernamental prevé tres corredores de hidrógeno a lo largo de la costa de Namibia y unos objetivos de producción que, para 2050, podrían rivalizar con una décima parte de toda la producción mundial actual de hidrógeno. Si se lleva a cabo, esta nueva industria podría transformar la economía nacional, crear decenas de miles de puestos de trabajo y aumentar el PIB en un 30 %. Sin embargo, hay mucho en juego. El hidrógeno verde sigue siendo una tecnología emergente, con altos costes iniciales y una demanda mundial incierta. A los críticos les preocupa que el país esté apostando recursos escasos por un futuro arriesgado, mientras que las necesidades apremiantes (el hambre, la pobreza y la escasez de electricidad) siguen sin resolverse. Algunos proyectos se enfrentan a sensibilidades medioambientales e históricas, incluidos los planes para construir infraestructuras en parques nacionales y cerca de lugares donde se cometieron atrocidades coloniales. El panorama político también está cambiando. Con un nuevo presidente que parece abierto tanto al hidrógeno verde como al desarrollo de los combustibles fósiles, las preguntas giran en torno a las prioridades de Namibia. ¿Podrían los descubrimientos de petróleo y gas proporcionar una red de seguridad o distraerán de la transición ecológica? A pesar de los riesgos, la esperanza es palpable. En las ciudades ensombrecidas por el declive económico, los jóvenes namibios ven la industria del hidrógeno como una oportunidad para un futuro mejor. Aunque puede que no resuelva todos los problemas, la idea de aprovechar el sol y el viento del desierto para impulsar una nueva economía más limpia ha despertado la imaginación del país. Namibia busca convertir la promesa de sus riquezas naturales en un cambio significativo, tanto en casa como en la lucha mundial contra el cambio climático. El mundo de la energía está pendiente de si esta nación del desierto puede hacer realidad su audaz sueño del hidrógeno y, al hacerlo, iluminar el camino a otros.
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