Notas para un nuevo ejército | El Gran Continente
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Imagina que el 70 % de los europeos cree que debemos defendernos solos, pero solo el 19 % confía en su ejército nacional. Si preguntas en un bar, casi nadie sabría explicar por qué, con toda nuestra tecnología y riqueza, Europa no consigue tener una fuerza militar autónoma. La verdadera respuesta no está en el dinero ni en el número de carros de combate: lo que falta es una revolución cultural dentro de las fuerzas armadas y en la sociedad. Durante treinta años, hemos vivido como si la historia hubiera terminado, lo que ha desactivado la presión de tener que defendernos de verdad. ¿El resultado? Los ejércitos se han convertido en mundos aparte, cerrados, cada vez más desconectados de la sociedad civil e incapaces de adaptarse realmente a las nuevas amenazas. R.-H. Berger, un oficial francés que escribe bajo seudónimo, lo afirma sin tapujos: «La reflexión militar se convierte en un ejercicio teórico estéril y desconectado de la realidad». En las últimas décadas, las misiones de los ejércitos europeos se han llevado a cabo con frecuencia lejos de nuestras fronteras y sin resultados concretos. Los ejemplos son desalentadores: Afganistán, Malí, Libia. Incluso la intervención francesa en Malí, aclamada como un éxito, en realidad habría sido imposible sin el apoyo logístico de Estados Unidos. Y hoy, admite Berger, la propia Francia probablemente ya no podría repetir aquella operación: faltan los medios, que se han consumido o se han enviado a Ucrania, y la verdadera lección es que nuestra experiencia en África podría resultar incluso perjudicial si nos enfrentáramos a una guerra convencional. Un dato abrumador: en las simulaciones para Ucrania, la petición inicial de Zelenski era de 200 000 soldados occidentales; hoy se habla de unos pocos miles, porque ningún ejército europeo puede movilizarse realmente a esa escala sin los estadounidenses. La verdadera crisis no es solo presupuestaria, sino de sentido: los ejércitos europeos se han convertido en fortalezas burocráticas, más útiles para apoyar a la industria local y garantizar votos que para obtener resultados sobre el terreno. Las reformas han impulsado un modelo de ejército profesional, pero con ello se ha desaparecido el vínculo con la sociedad civil: menos reservistas, menos intercambio de competencias, menos adaptabilidad. He aquí la paradoja: países como Finlandia o Israel, con menos recursos, consiguen desplegar ejércitos más numerosos y más reactivos gracias a una movilización masiva de los ciudadanos y a una estrecha relación entre civiles y militares. Y las fuerzas azeríes, con presupuestos modestos, han integrado tecnologías de vanguardia mejor que muchos ejércitos europeos. El quid de la cuestión es que Europa sigue razonando como si el respaldo estadounidense estuviera siempre garantizado. Pero si Estados Unidos se retira, en cualquier escenario —desde el Báltico hasta Tahití, desde Moldavia hasta Chipre— nos veremos desprotegidos y, en muchos casos, incapaces de responder sin ayuda externa. ¿La disuasión nuclear? No es un verdadero escudo: ni Rusia en Kursk ni el Reino Unido en las Malvinas utilizaron el arma atómica para defender territorios invadidos. ¿Realmente creemos que Francia lo haría por Nueva Caledonia? El único camino es una revolución cultural que parta de dentro: menos autocomplacencia y más capacidad para cuestionar los modelos, las prácticas y los tabúes institucionales. Necesitamos ejércitos flexibles, capaces de integrar rápidamente tecnologías disruptivas y de movilizar a la sociedad civil a gran escala. Ucrania lo demuestra: su innovación surge desde la base, de las células que conectan drones y artillería en tiempo real, con una adaptación continua. En cambio, nuestros ejércitos repiten viejos ejercicios, en escenarios elegidos para no poner nunca en jaque la estructura. La verdadera inversión no consiste únicamente en carros de combate y misiles, sino en la capacidad de romper con las propias costumbres. El problema no es «más dinero», sino «más verdad» sobre lo que realmente se necesita. Y aquí llega la vuelta de tuerca: quienes creen que basta con gastar más se equivocan de objetivo. Es necesario rediseñar la relación entre el ejército y la sociedad, entre la estrategia y la realidad, entre la tecnología y la organización. Y hace falta valor para sacrificar a las «vacas sagradas», las vacas sagradas institucionales, que bloquean cualquier cambio. Hay una pregunta que casi nadie se atreve a plantear: ¿estamos realmente preparados para defender Europa sin los estadounidenses? Hoy por hoy, la respuesta es incómoda. Pero si no la abordamos ahora, la historia nos pasará factura. Quienes ven la cuestión únicamente como un problema de gasto se equivocan: lo que se arriesga es una humillación estratégica que cambiará para siempre el papel de Europa en el mundo. Los ejércitos europeos no solo deben reforzarse: deben replantearse desde cero. Solo cambiando la cultura interna podremos evitar un nuevo «momento Tsushima», el revés que, hace cien años, humilló a la Rusia zarista ante Japón. La seguridad ya no es una cuestión de técnicos o generales: es una responsabilidad colectiva, que parte de la forma en que pensamos y hablamos de defensa. Europa no solo necesita más soldados, sino también una nueva mentalidad. Transformar las fuerzas armadas no es una cuestión de presupuesto: es una cuestión de valentía cultural. Si esta perspectiva ha cambiado tu forma de pensar sobre la defensa europea, en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: elige si se trata de un interés, una experiencia o una convicción. Y si mañana le explicas a alguien por qué el verdadero reto no es comprar más carros de combate, sino cambiar de mentalidad, en Lara Notes puedes anotar esa conversación con Shared Offline: así quedará constancia de que habéis hablado de un tema importante. Esto era Le Grand Continent: te has ahorrado casi 17 minutos en comparación con la lectura completa.
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