Nuestro anhelo de incomodidad
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Hay una frase que me dejó sin aliento: «Quiero enamorarme a la antigua usanza». No la pronuncia necesariamente una persona nostálgica, sino alguien que, como la protagonista de esta historia, ya no soporta la idea de elegir entre decenas de rostros en una pantalla, como si estuviera comprando en internet. Aquí está la vuelta de tuerca: creemos que la nostalgia por las viejas tecnologías es solo un anhelo de recuerdos, pero en realidad, en el fondo, existe un deseo concreto de redescubrir lo incómodo, de volver a introducir fricción en una vida que hoy parece demasiado fluida. No es solo la aplicación de citas lo que nos cansa, sino la promesa de una comodidad total lo que nos vacía. Pongamos por caso a Hanif Abdurraqib, autor y protagonista. Lo ves ayudando a una amiga a mudarse en pleno invierno, a primera hora de un sábado, cuando habría sido más fácil quedarse en la cama. Sin embargo, afirma: «Aquel esfuerzo se convirtió de inmediato en un bonito recuerdo, en un gesto que me hizo sentir parte de algo». O piensa en cuando era niño: su familia no tenía mucho dinero y la tecnología siempre iba por detrás de la de los demás. «Walkmans» que iban pasando de mano en mano, casetes que había que rebobinar con un lápiz, horas esperando a que sonara la canción perfecta en la radio para grabarla sin la voz del DJ. No lo cuenta con melancolía, sino como una lección de paciencia, de precisión, de pequeños rituales. ¿Y hoy en día? Estamos en plena era del «frictionmaxxing»: hay gente que busca activamente la fricción, que quiere volver a las videograbadoras, a las cintas de casete, a las antiguas máquinas recreativas que funcionaban con monedas. No solo por nostalgia, sino porque la ausencia total de esfuerzo nos deja sin recuerdos vívidos. Hanif también habla de algo que va más allá de la tecnología: el verano de 2020, aquellas semanas en las que las protestas y la pandemia obligaron a muchas personas a sacrificar la comodidad para ayudarse de verdad, cosiendo mascarillas a las dos de la madrugada, haciendo la compra a las personas mayores, arriesgando su tiempo e incluso su sueño. El esfuerzo, afirma, puede crear una comunidad temporal, una sensación de frágil utopía que, sin embargo, se desmorona en cuanto prevalece el deseo de volver a la comodidad. Y hay algo que duele admitir: a menudo, la verdadera revolución exigiría una incomodidad que la mayoría de nosotros, al final, no estamos dispuestos a soportar. Pero no se trata solo de política: también en la vida cotidiana, la búsqueda del camino más cómodo nos hace a todos intercambiables, nos aplana. «Outsource your writing to ChatGPT, and it is easy, but it makes you sound like no one and like everyone»: escribir con inteligencia artificial es cómodo, pero al final no suenas ni como tú ni como nadie, eres indistinto. Para defenderse, Hanif mete el teléfono en una caja y lee un libro, conecta un disco duro al televisor para ver conciertos grabados antes de que él naciera, rechaza la entrega a domicilio y va en persona al supermercado, aunque nadie le salude. Y cuando, en el avión, paga más por un asiento junto a la ventanilla, quizá solo para sentir la incomodidad de tener que mirar por la ventana, se da cuenta de que esa pequeña fricción le devuelve el sentido de la realidad, le devuelve a los demás seres humanos, aunque solo sea para oír el llanto de un bebé detrás de él. La perspectiva que a menudo falta es esta: pensamos que la nostalgia es una huida del presente, pero en realidad es una estrategia para frenar, para volver a sentir el peso y la presencia de nuestras acciones. En realidad, no queremos volver a los años noventa; queremos volver a sentirnos necesarios. La frase que queda es esta: la comodidad nos convierte en espectadores; las molestias nos devuelven al mundo. Si esta idea te resulta familiar, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: no es un «Me gusta», sino una forma de decir que ahora esta perspectiva es tuya. Y si le cuentas a alguien por qué has vuelto a poner en marcha tu viejo reproductor de CD o por qué prefieres conocer gente por casualidad, en Lara Notes puedes marcar esa conversación con Shared Offline: una forma de dejar constancia de que ese intercambio de ideas realmente ha servido. Esta Nota procede de The New Yorker: te has ahorrado casi quince minutos de lectura.
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