¿Pensamos demasiado en el futuro?

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Solo el 14 % de los estadounidenses, si pudieran, elegirían vivir en el futuro: casi la mitad preferiría en cambio el pasado. No siempre ha sido así. Durante siglos, la gente no se preocupaba por predecir lo que sucedería: más bien, vivía en un mundo donde el final ya estaba escrito, a menudo en clave religiosa. Hoy, en cambio, la palabra «futuro» se ha convertido casi en una obsesión, hasta el punto de que parece más real que el presente. La tesis aquí es simple pero desestabilizadora: tal vez pensar demasiado en el futuro no solo no nos ayuda, sino que nos atrapa en un estado de ansiedad e impotencia, porque cualquier predicción honesta, partiendo de un presente que nos parece frágil, nos devuelve escenarios cada vez más sombríos. En el siglo XVI, Martín Lutero estaba convencido de que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina y que Dios estaba acelerando los tiempos. Tres siglos después, durante la Revolución Francesa, Robespierre hablaba en cambio de «iniciar la Historia» y llamaba a todos a construir su propio destino. Entre estos extremos se formó la idea moderna del futuro: una construcción histórica, inventada entre 1517 y 1793, que hoy damos por sentada. Reinhart Koselleck, historiador, cuenta cómo esta mentalidad nació cuando la Iglesia perdió el control de la narrativa del tiempo, la ciencia empezó a hacer preguntas incómodas y la tecnología permitió medir y planificar. El futuro, de promesa mística, se ha convertido en un dominio de probabilidades, de inversiones, de seguros. Hoy en día estamos rodeados de ello: desde los algoritmos bursátiles hasta las novelas de ciencia ficción, desde las previsiones meteorológicas hasta las políticas. Pero aquí viene la paradoja: nadie conoce realmente el futuro y, sin embargo, todos lo utilizan para ejercer el poder. Carissa Véliz, filósofa de Oxford, desmonta el mito de la predicción: la mayoría de las predicciones son «movimientos de poder disfrazados de descripciones», o incluso órdenes camufladas. Cuando una autoridad anuncia que va a llover, a menudo exagera a propósito: es mejor que llevemos un paraguas que arriesgarnos a mojarnos. Y cuando un ejecutivo tecnológico predice la catástrofe de la inteligencia artificial, a menudo hay un juego de intereses detrás. A menudo, las predicciones son simplemente erróneas, porque los datos son incompletos, las personas son impredecibles y las coincidencias lo cambian todo. Pero incluso cuando son bienintencionadas, las predicciones pueden causar daños: pensemos en los sistemas que deciden la fianza o si merecemos un préstamo, basándose en algoritmos que «predicen» nuestra fiabilidad. Lo que falta en el discurso público es que nadie nos advierte de estas «profecías ocultas» que influyen en nuestras vidas. Véliz sugiere desconfiar de las previsiones, prepararse en lugar de prever y vivir lo más posible en el presente. Joshua Rothman, el autor, añade una nota personal: sí, pensar en el futuro puede ser útil, e incluso tener esperanza no está mal. Pero el mayor problema no es lo que no sabemos del futuro, sino lo que sabemos del presente: si solo vemos problemas, cualquier futuro realista nos parecerá amenazador. Hans Rosling, gran estadístico de la salud mundial, decía que «el mundo es feo, pero está mejorando»: como un recién nacido en una incubadora, frágil pero en mejores condiciones que ayer. Debemos estar alerta, por supuesto, pero no dejarnos bloquear por el miedo. Si queremos un futuro menos oscuro, también debemos tener el valor de ser un poco irracionales, de tener esperanza a pesar de todo. Solo así el futuro deja de ser una trampa. El futuro no es un oráculo que se consulta, sino un ejercicio de imaginación que también requiere locura. Si esta perspectiva te ha cambiado, en Lara Notes puedes marcarlo con I'm In: elige si es una chispa de interés, una experiencia que reconoces o una convicción que quieres llevar adelante. Y si te apetece hablar de ello con alguien, tal vez contando la historia de Robespierre o la estadística de Rosling, en Lara Notes puedes etiquetarlo con Shared Offline: será la señal de que esa conversación tenía algo especial. Esta Nota nace de un artículo del New Yorker y te ahorra 3 minutos.
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