¿Por qué es tan difícil cambiar de opinión?

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Tolstói escribió en una ocasión que puedes explicarle las cosas más difíciles incluso a la persona menos brillante, siempre que aún no tenga una opinión al respecto. Sin embargo, incluso lo más sencillo resulta imposible de explicar a la persona más inteligente si está convencida, sin la menor duda, de que ya lo sabe todo. He aquí la paradoja: cambiar de opinión no solo es poco frecuente, sino que a menudo se considera un signo de debilidad. Sin embargo, la psicología afirma lo contrario. Estamos acostumbrados a pensar que la gente no cambia de opinión porque es testaruda o poco abierta, y ya está. En realidad, el verdadero obstáculo es la fatiga emocional. Cambiar de opinión es perjudicial para el ego: corres el riesgo de sentirte avergonzado, de quedar mal o incluso de poner en entredicho tu propia identidad. Entonces, el cerebro se pone en modo de defensa: busca excusas, se aferra a las viejas creencias y, a veces, incluso llega a distorsionar la lógica. Pero la clave es la siguiente: quienes saben soportar el malestar emocional, quienes son más conscientes de sus emociones, también consiguen cambiar de opinión con más facilidad. Pongamos por ejemplo a Stephanie Dolbier, psicóloga de la UCLA. Sus estudios demuestran que la flexibilidad mental no es solo cuestión de inteligencia, sino también de tolerancia al malestar. Quienes saben describir sus emociones de forma más matizada —no solo «estoy bien» o «estoy mal», sino «me siento frustrado porque no consigo explicarme» o «tengo miedo de parecer estúpido»— también son capaces de ver las cosas desde múltiples puntos de vista. Y no es solo teoría. Philip Tetlock, de la Universidad de Pensilvania, descubrió que los mejores «superpronosticadores» —personas que consiguen predecir acontecimientos geopolíticos mejor que los demás— son precisamente los que cambian de opinión con más frecuencia ante nuevas evidencias. No se identifican con sus propias tesis. Han aprendido a no sentirse amenazados cuando se dan cuenta de que se han equivocado. Una de las escenas más impactantes procede de un estudio sobre debates muy delicados, como el conflicto palestino-israelí. Algunos participantes aprendieron a responder «como científicos», es decir, fingiendo durante unos minutos que eran analíticos, no emocionales. Después de esta pequeña representación, ya estaban más abiertos a cambiar de perspectiva. Y el efecto seguía presente cinco meses después. Otra técnica consiste en recordar que tu identidad no se basa en una única opinión. Si, durante una discusión, recuerdas que también eres un buen amigo, una persona creativa o que tienes sentido del humor, la amenaza de cambiar de opinión se reduce. Sin embargo, solo funciona si ya eres consciente de tus prejuicios. Y, de nuevo, basta con cambiar el encuadre: puedes ver la incomodidad no como un signo de fracaso, sino como un músculo que se desarrolla. Los estudios demuestran que quienes recuerdan que pueden mejorar sus capacidades cognitivas están más dispuestos a escuchar ideas contrarias y a cambiar de opinión. Este es el detalle que nadie advierte: la resistencia al cambio no es solo terquedad, sino una habilidad emocional que se puede entrenar. Y no hace falta meditar durante horas al día: basta con un pequeño ejercicio mental o un momento más de autoconciencia. Sin embargo, hay un aspecto que rara vez se aborda: a menudo, el grupo considera que quienes cambian de opinión son incoherentes o inseguros, aunque la ciencia diga lo contrario. Y este estigma social pesa muchísimo, especialmente en internet. Cambiar de opinión no es una debilidad. Es la prueba de que eres capaz de soportar la incomodidad de ser humano. Si quieres ver quién eres en realidad, intenta cuestionar tus certezas. Si esta perspectiva te ha hecho sentir algo por dentro, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: no es un «Me gusta», es la forma de decir que ahora esta idea te pertenece. Y si esta historia desemboca en una conversación real —tal vez cuando alguien te acuse de ser incoherente por haber cambiado de opinión—, en Lara Notes puedes marcar ese momento con Shared Offline, para que quede como una muesca en la memoria, tanto para ti como para quienes estuvieron presentes. Esto era del New Scientist, y te has ahorrado unos diez minutos de lectura.
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