Por qué Japón y China tendrán dificultades para poner fin a su disputa

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En 1972, toda la política exterior japonesa tembló por lo que en Tokio todavía hoy llaman el «shock de Nixon»: la visita sorpresa de Richard Nixon a Mao Zedong, que dejó a Japón completamente desconcertado ante un acercamiento entre Estados Unidos y China. Hoy, más de cincuenta años después, la historia parece repetirse en una versión actualizada. Puede que Donald Trump, con su visita a Xi Jinping organizada hasta el más mínimo detalle, no haya sorprendido al mundo como Nixon, pero el mensaje para Japón es casi peor: Estados Unidos está de nuevo dispuesto a reorganizar las alianzas, y Tokio se encuentra, una vez más, desprevenida y aislada. La idea común es que la complicada relación entre Japón y China es fruto de antiguos rencores o disputas territoriales, pero el verdadero giro es que es la inestabilidad del triángulo con Estados Unidos lo que hace imposible una verdadera paz. Cuando los estadounidenses se acercan a Pekín, Japón siente que el suelo se tambalea bajo sus pies. El 19 de mayo, la primera ministra japonesa, Takaichi Sanae, voló a Corea del Sur para reunirse con Lee Jae Myung, el presidente surcoreano. No era una misión para cerrar nuevos acuerdos, sino por una razón mucho más humana: entender juntos cómo interpretar el nuevo talante estadounidense hacia China. Imagina la escena: dos líderes aliados, ambos preocupados de que Washington pueda cambiar de dirección de repente, obligándolos a navegar a ciegas entre dos gigantes. Ya no se trata solo de historia o de islas en disputa en el mar de China Oriental. Entre bastidores, los datos indican que el comercio entre Japón y China asciende a más de 300 000 millones de dólares al año; sin embargo, la desconfianza sigue siendo muy alta, ya que las encuestas muestran que, cada año, más del 80 % de los japoneses ven a China como una amenaza. Un detalle poco conocido: la primera ministra japonesa Takaichi es famosa en su país por su intransigencia en materia de seguridad, pero también por haber dicho, en una reunión privada, «Cuando Washington cambia, todo lo demás se mueve». No se trata solo del temor a perder una garantía militar: es el miedo a que un abrazo entre Estados Unidos y China deje a Japón fuera de juego, obligado a elegir entre la autonomía y la supervivencia. Pero hay un aspecto que a menudo se pasa por alto: mientras Tokio mira con recelo a Pekín, la sociedad japonesa depende cada vez más de los lazos económicos con China, tanto para las exportaciones como para el turismo. Y la desconfianza mutua se entrelaza con las nuevas generaciones que, en cambio, se encuentran en los campus universitarios o a través de las empresas emergentes tecnológicas. La verdadera paradoja es que cuanto más se endurece la geopolítica, más se entrelaza la vida cotidiana de los ciudadanos de los dos países, lo que crea una extraña mezcla de rivalidad e interdependencia. Hay una forma diferente de interpretar esta tensión: no solo como una lucha entre nacionalismos, sino como un efecto colateral del hecho de que ninguno de los tres —China, Japón y Estados Unidos— confía realmente en los demás lo suficiente como para sentarse a una mesa y cambiar las reglas del juego. ¿Y si, en lugar de esperar la «gran reconciliación», el futuro estuviera compuesto por una serie infinita de pequeños ajustes, en los que nadie gana del todo, pero todos temen perder? Al fin y al cabo, la verdadera inestabilidad surge cuando el amigo de ayer podría convertirse en el socio del adversario mañana. Si pensabas que los rencores entre Japón y China eran solo historia antigua, hoy es el miedo a quedar excluidos de las decisiones de Washington lo que realmente impulsa la tensión. Si esta perspectiva te ha hecho ver la diplomacia con otros ojos, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: no es un simple «me gusta», es la forma de decir que esta idea ahora te pertenece. Y si mañana hablas de ello con alguien, tal vez al hablar del «Nixon shock» o de la visita de Trump a Pekín, en Lara Notes puedes marcar ese momento con Shared Offline: así la conversación queda grabada como una verdadera experiencia compartida. Esta Nota procede de The Economist y te ha ahorrado 5 minutos en comparación con el artículo original.
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