Por qué te casarás con la persona equivocada

Germanto
Por qué el amor implica casarse con la persona equivocada. Imagina que te dicen que estás destinado a casarte con la persona equivocada: no se trata solo de una provocación dramática, sino de una invitación a profundizar en las ilusiones y las realidades del amor. La mayoría de nosotros, lo admitamos o no, sentimos en algún momento que nuestra pareja no es «la indicada». En muchos corazones late una rabia íntima por cómo se ha desarrollado el amor en nuestras vidas, a menudo arraigada en las grandes esperanzas y los ideales románticos que hemos asimilado desde la infancia. Pero, en el fondo, la rabia se alimenta de la esperanza, de la creencia de que las cosas podrían y deberían ser mejores. El antídoto no es bajar el listón sin más, sino ajustar nuestras expectativas y sustituir la rabia por una tristeza más sincera. Nos hacen creer que, si estamos enfadados o decepcionados en el amor, debemos de ser fundamentalmente desafortunados o defectuosos. En realidad, todo el mundo es raro a su manera, y vivir con otra persona implica chocar con esa rareza día tras día. El verdadero reto es que rara vez nos conocemos tan bien como creemos. Es posible que nuestros amigos y exparejas vean nuestros defectos con más claridad que nosotros mismos, pero la educación o el amor nos protegen de la verdad absoluta e incómoda. La mayoría de nosotros nos distraemos para no reflexionar sobre nosotros mismos y evitamos la soledad y la incomodidad; irónicamente, precisamente las cosas que nos prepararían para la intimidad. El amor nos pide que hagamos lo que menos nos apetece: admitir nuestra vulnerabilidad. En lugar de ello, nos volvemos ansiosamente controladores o emocionalmente distantes, y ocultamos nuestras necesidades tras rutinas o una feroz independencia. La esencia de la conexión auténtica es la valentía de decir, como un niño, «Te necesito. No puedo apañármelas sin ti». Pero eso nos aterroriza, así que nos blindamos y nos perdemos la esencia del amor, que no consiste solo en ser amados, sino también en aprender a amar. Amar significa mostrar generosidad y paciencia ante los comportamientos desconcertantes de los demás, interpretarlos con amabilidad y aceptar que todas las personas a las que queremos son una mezcla en constante cambio de lo bueno y lo malo. Nos dicen que «sigamos a nuestro corazón», pero el corazón suele ser un mal guía, moldeado por experiencias amorosas tempranas que mezclan la ternura con la decepción y el dolor. En la edad adulta, inconscientemente no buscamos la felicidad, sino la familiaridad, aunque eso signifique repetir viejas heridas. Cuando nos presentan a alguien «perfecto», puede que nos resulte aburrido, no porque carezca de chispa, sino porque no puede ofrecernos el tipo concreto de sufrimiento que nuestro corazón equipara con el amor. Uno de los mitos más persistentes es que una pareja de verdad nos entenderá intuitivamente sin necesidad de explicaciones. Esta fantasía nos lleva a enfadarnos y a sentir resentimiento cuando nuestra pareja no nos lee la mente. La verdad es que el amor nos obliga a convertirnos en maestros, a explicar pacientemente, a veces una y otra vez, quiénes somos y qué necesitamos. También nos obliga a aceptar que nuestra pareja tiene el mismo derecho y el mismo deber de enseñarnos a ser mejores, no como crítica, sino como un camino hacia el crecimiento. La perfección es un espejismo; lo mejor que podemos esperar es «lo suficientemente bueno». La compatibilidad no es algo que descubrimos; es algo que creamos juntos, a través del compromiso, la negociación y la voluntad de adaptarnos. Aceptar los defectos de nuestra pareja —y los nuestros— no es conformarse, sino un logro noble. Al fin y al cabo, la condición humana garantiza el arrepentimiento, independientemente de las decisiones que tomemos en el amor. Estar vivo es oscilar entre la risa y las lágrimas, entre la esperanza y la decepción. La sabiduría consiste en aceptar esta ambivalencia, en abrazar tanto la comedia como la tragedia de nuestros esfuerzos por amar y ser amados.
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