Qué mantiene vivas las guerras y qué las pone fin, con Scott Atran
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La historia nos dice que los ejércitos con más dinero, armas y tecnología deberían ganar las guerras. Sin embargo, cada vez que todo parece estar decidido, ocurre algo que nadie había previsto: un grupo más débil resiste, lucha y, a menudo, da la vuelta al resultado. Pongamos por caso la batalla de Mosul: fuerzas bien equipadas y entrenadas, como el ejército iraquí o las milicias suníes, huyen ante combatientes del ISIS mal equipados, pero con una convicción absoluta. La pregunta candente es la siguiente: ¿qué es lo que realmente impulsa a las personas a combatir y qué permite poner fin a un conflicto o, por el contrario, prolongarlo? El mayor error de los manuales de política internacional es creer que las guerras se explican únicamente por intereses materiales, estrategias racionales y equilibrios de poder entre Estados. Sin embargo, esta visión ignora la fuerza devastadora de los valores sagrados, de las identidades colectivas y de esa sed de sentido que lleva a hombres y mujeres a arriesgarlo todo, incluso la vida de sus seres queridos, por algo que consideran más importante que ellos mismos. Scott Atran y su equipo han pasado años en zonas de guerra —desde Mosul hasta Ucrania, desde la frontera polaca hasta los pueblos kurdos— para comprender sobre el terreno qué es lo que realmente marca la diferencia. Un detalle sorprendente: durante un experimento, los combatientes del PKK y del ISIS se niegan a valorar su propia fuerza física o la de su adversario en una escala, tal y como les piden los científicos. Para ellos, lo único que importa es «lo que llevas en el corazón». Así pues, los investigadores cambian la pregunta: miden la fuerza espiritual percibida. ¿El resultado? La «spiritual formidability» —la percepción de la fuerza moral y la fusión identitaria con el grupo— predice la disposición a combatir y a morir mucho más que cualquier incentivo material. Y esto se repite en todas las culturas, desde Casablanca hasta Europa del Este. Todos los datos, desde los cuestionarios hasta las exploraciones cerebrales, confirman que, cuando están en juego valores sagrados —ya sean religiosos o laicos—, las personas actúan por impulso, sin calcular costes ni beneficios. Un comandante kurdo, con su familia retenida como rehén a pocos kilómetros de distancia, confiesa entre lágrimas que la causa por la que lucha es «más importante que su propia familia». En la historia reciente, subestimar la «will to fight» —la voluntad de luchar— ha provocado desastres colosales: Vietnam, Afganistán, Irak. Estados Unidos invirtió miles de millones en ejércitos locales sin conseguir comprar la motivación, y cuando el enemigo se veía impulsado por una idea, ni siquiera todo el arsenal bastaba. También se corrió el riesgo de cometer este error en Ucrania: al principio, Estados Unidos dudaba de que los ucranianos tuvieran realmente ganas de resistir. Solo después de ver su determinación sobre el terreno cambiaron de estrategia. Pero hay más: cada vez que se intenta comprar la paz ofreciendo ventajas materiales —como más tierra, dinero u oportunidades—, la resistencia suele aumentar. Los estudios sobre israelíes y palestinos lo demuestran: cuantos más incentivos, más se refuerza la negativa a ceder en cuestiones percibidas como sagradas. Solo las disculpas públicas —no los compromisos materiales— han demostrado tener algún efecto a la hora de reducir la tensión. Por eso, los teóricos del realismo, que ven la guerra como una partida de ajedrez entre Estados racionales, se equivocan de medio a medio: las guerras más sangrientas y las resistencias más obstinadas surgen cuando están en juego la dignidad, el respeto, la memoria colectiva o la identidad. Basta con pensar en las Termópilas, Masada o el Álamo: batallas perdidas, pero recordadas durante siglos, porque nos cuentan lo que significa ser humanos. Una voz disidente, como la de Stephen Walt, de Harvard, sostiene que la moral es el verdadero enemigo de la paz: si dejas entrar las emociones y los valores, el conflicto nunca termina. Sin embargo, si observamos la realidad de cerca, vemos lo contrario: ignorar los valores es lo que hace que las guerras se conviertan en crónicas. Por lo tanto, poner fin a un conflicto no consiste únicamente en encontrar el punto de equilibrio entre quienes tienen más tanques o más dólares. Es necesario reconocer y abordar las razones profundas que unen a las personas a su causa, incluso cuando resulten absurdas a los ojos de quienes observan desde fuera. Al fin y al cabo, como escribió Gandhi en una pared de la Universidad de Columbia: «Tus valores se convierten en tu destino». Si crees que la verdadera fuerza de una guerra es la voluntad de luchar y no el número de fusiles, en Lara Notes puedes indicar con I'm In que ahora compartes esta perspectiva. Y si por casualidad hablas de ello con alguien —tal vez contando la historia del comandante kurdo o la de los combatientes que tiran el iPad—, en Lara Notes puedes etiquetar a los presentes con Shared Offline, porque ciertas conversaciones merecen ser recordadas. Esta nota procede de la Conference on Resolution of Intractable Conflict: te has ahorrado más de una hora de escucha.
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