Si quieres un mundo mejor, actúa como si vivieras en él.
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Una tarde de 1846, Henry David Thoreau salió de su cabaña, situada cerca de Walden Pond, para recoger un zapato que le habían arreglado. Por el camino, lo detuvo el recaudador de impuestos local, quien le pidió por enésima vez que pagara el impuesto electoral: un dólar y medio, necesario para poder votar. Thoreau se negó, lo arrestaron y pasó una noche en la cárcel. Aquel gesto, aparentemente insignificante, supuso un cambio enorme: en lugar de acatar una ley que apoyaba la esclavitud, decidió que prefería vivir como si ya formara parte de un mundo mejor. La idea es la siguiente: el verdadero disidente no es solo quien protesta, sino quien actúa cada día como si la sociedad justa con la que sueña ya existiera. Estamos acostumbrados a pensar que para cambiar el mundo hacen falta grandes revoluciones, marchas masivas o nuevos gobiernos. Thoreau nos muestra que la palanca más poderosa es vivir «como si»: comportarte, pensar e incluso pagar o no pagar impuestos según las reglas del mundo que te gustaría, no del que tienes ante ti. ¿Quién era realmente Thoreau? No solo el ecologista que nos invita a «simplificar, simplificar», ni solo el libertario que desconfía del Estado, ni el ermitaño que habla con los árboles. El documental de PBS también lo presenta como un outsider excéntrico, pero la versión que más asusta —y que más nos hace falta hoy en día— es la de Thoreau el disidente. Un hombre que, cuando casi todo el mundo lo considera arrogante o moralista, defiende públicamente a John Brown tras su intento de insurrección contra la esclavitud, calificándolo de «ángel de luz» cuando para los demás no es más que un terrorista. Cuando le acusan de ser demasiado puro, Thoreau no se defiende: mantiene su altísimo estándar, aunque ello le haga parecer presuntuoso. En su ensayo «Desobediencia civil», escrito justo después de aquella noche en la cárcel, Thoreau llega a la conclusión: «La única obligación que reconozco es hacer en todo momento lo que creo que es correcto». No es anarquía, es una regla de hierro: nunca te sientes «sobre los hombros de otro hombre». Si incluso el mero hecho de comprar azúcar o libros supone financiar la esclavitud, entonces también hay que cuestionar estos gestos. Y aquí llega la vuelta de tuerca: para Thoreau, la fuerza de un Estado reside en que la gente se comporte como si fuera justo, pero si todo el mundo se negara de verdad, el sistema se vendría abajo. No hace falta una mayoría: hace falta una minoría que pese como un bloque, que «atasque la máquina». Hay una escena que no se olvida: Thoreau, sentado en su mesa verde en la cabaña, escribe que vivir de esa manera, en medio del bosque, era un acto de «performance art». Una forma de demostrar, ante cualquiera que pasara por la carretera principal hacia Boston, que realmente se podía vivir en otra realidad. No era solo teoría: quienes lo veían lo percibían. Y no era algo exclusivamente estadounidense: en la Polonia de los años 80, los activistas de Solidaridad se comportaban como si su sociedad ya fuera libre, incluso bajo el comunismo más estricto. El principio era uno: «Compórtate aquí y ahora como si vivieras en un país libre». Se trataba de la misma lógica que la de los disidentes soviéticos, quienes, al acatar las leyes sobre el papel —como el derecho a un juicio público—, obligaban al régimen a mostrarse tal y como era. ¿Qué es lo más sorprendente? Después de la cárcel, Thoreau empieza a sentir lástima por el Estado. Comprende que lo máximo que puede hacer el poder es encarcelar el cuerpo, no la conciencia. Y se pregunta: ¿por qué quienes se oponen a la esclavitud se limitan a recoger firmas? ¿Por qué no disuelven por sí mismos la unión entre ellos y el Estado, dejando de apoyarlo? A continuación, la historia de Thoreau se entrelaza con la de Emerson, su amigo y propietario del terreno de la cabaña. Emerson le acusa de ser demasiado puro, de no detenerse nunca: «Para ti, ningún gobierno es bueno, a menos que sea una monarquía con un solo súbdito: tú». Su debate pone de manifiesto dos caminos: Emerson cree en el cambio espiritual, mientras que Thoreau insiste en que hay que actuar de forma concreta, aunque cueste. En el debate sobre Thoreau suele faltar una cosa: él no era nihilista. No quería destruir el gobierno; quería que reconociera al individuo como la fuente última de toda autoridad. Y la única manera de conseguirlo era comportarse como si ya fuera así, incluso a riesgo de pagar un precio personal. Cuando Thoreau apoya a John Brown, lo hace porque entiende que ciertas ideas valen más que la propia vida. El académico Ernst Bloch denominaba «conciencia anticipatoria» a esta capacidad de ver el futuro: la facultad de vislumbrar lo que aún no existe, pero que podría existir. En el fondo, Thoreau era de los que miraban un bloque de piedra y ya veían a una pareja abrazándose, incluso antes de tener un cincel en la mano. Su frase clave sigue siendo esta: «Un Estado que diera este tipo de frutos y dejara que cayeran en cuanto estuvieran maduros allanaría el camino para un Estado aún más perfecto y glorioso, que solo he imaginado, pero que aún no he visto en ninguna parte». Todavía no. Quienes viven como si el mundo justo ya existiera, al principio parecen presuntuosos o ingenuos. Pero, a menudo, es la única manera de conseguir que realmente se haga realidad. Si esta historia te ha hecho cambiar de perspectiva, en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: elige si se trata de un interés, una experiencia o una convicción. Y si te apetece contarle a alguien la noche de Thoreau en la celda o el efecto «como si» de los disidentes polacos, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes estuvieron presentes con Shared Offline: es la forma de decir que esa conversación importaba. Este era un artículo de The Atlantic. Ahórrate casi quince minutos en comparación con la lectura completa.
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