¿Solo otro liberalismo?

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El hechizo duradero del hombre económico: utopías, miedos y crisis del liberalismo. Imagina un mundo en el que, a pesar de décadas de críticas y de los recurrentes trastornos políticos, el pulso del neoliberalismo sigue latiendo bajo nuestra vida cultural y económica. La historia del neoliberalismo no es simplemente una historia de políticas o de política; es el último capítulo de una saga secular en la que el liberalismo se reinventa para hacer frente a nuevas crisis. Desde la agitación económica de la década de 1970 hasta las oleadas populistas de hoy, lo que parece el colapso o la transformación del neoliberalismo es, de hecho, la persistente reelaboración de los valores, los miedos y las esperanzas liberales. Un elemento central de esta historia es la figura del «hombre económico»: el individuo racional y egoísta que, según el pensamiento neoliberal, puede ser guiado, empujado o manipulado mediante incentivos. No se trata de una invención nueva, sino más bien de la destilación de antiguas filosofías liberales, donde varios modelos de la naturaleza humana, desde lo sentimental hasta lo moral, compitieron una vez por el dominio. Lo que marca nuestra época es la reducción a este arquetipo único y minimalista. Los debates políticos, ya sea sobre la reforma del bienestar, los incentivos familiares o la estrategia industrial, todavía giran en torno a la suposición de que el cálculo económico es el principal impulsor del comportamiento humano. Pero las raíces de esta fijación son más profundas. El filósofo francés Michel Foucault, reflexionando sobre el surgimiento del neoliberalismo, argumentó que lo que realmente lo distingue no son sus políticas, sino su antropología, su visión de quiénes somos. El neoliberalismo, observó, se basa en la creencia de que la gobernanza puede y debe garantizarse alineando los incentivos con el interés propio, alejándose de las apelaciones a valores compartidos o grandes proyectos morales. Esta postura antropológica ha sido tan influyente que incluso aquellos que se oponen al neoliberalismo a menudo proponen alternativas que permanecen dentro de sus límites conceptuales. Sin embargo, el liberalismo no es, en esencia, solo un conjunto de teorías económicas. Foucault sugirió que es un sistema emocional, definido por un miedo perpetuo al estado en expansión y un anhelo utópico de espacios de libertad más allá de la política. Este «miedo a gobernar demasiado» no es mera paranoia; es el motor de la crítica y la autocorrección, que obliga a los liberales a cuestionar, revisar y, a veces, repensar radicalmente el papel del Gobierno. Junto a este miedo hay una esperanza: la creencia de que hay ámbitos de la vida (la familia, el amor, el comercio) en los que la libertad se puede vivir como algo natural y no forzado. Fundamentalmente, estas utopías no son sueños lejanos, sino realidades cotidianas, encantadas por la imaginación liberal como espacios que deben protegerse de las invasiones de la política. Las crisis del liberalismo, por tanto, no se refieren únicamente a la economía o a los fracasos políticos; son momentos en los que el equilibrio emocional entre el miedo y la esperanza flaquea, cuando las utopías pierden su plausibilidad o se convierten en lugares de conflicto en lugar de consenso. Hoy en día, los críticos tanto de izquierda como de derecha argumentan que el liberalismo está agotado, incapaz de inspirar o proteger, pero incluso sus alternativas a menudo se basan en la misma imagen básica de los seres humanos como calculadores racionales. El desafío, tal como lo vio Foucault, es expandir nuestra visión de la humanidad, recuperar el repertorio moral más rico que una vez permitió al liberalismo imaginar ciudadanos, familias, creyentes y soñadores, no solo actores económicos. Para que el liberalismo sobreviva y se renueve, debe recuperar su capacidad de pensamiento utópico y complejidad emocional, yendo más allá de la delgada antropología del hombre económico. De lo contrario, nos arriesgamos a un futuro en el que no solo el liberalismo, sino nuestro propio sentido de individualidad significativa se vea disminuido, dejándonos vulnerables a nuevas formas de manipulación y fragmentación. El destino de nuestra política, y tal vez de nosotros mismos, puede depender de si podemos una vez más imaginar y luchar por una visión más amplia de lo que significa ser humano.
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