Tecnofascismo: cuando Silicon Valley reinventa la supremacía blanca

Frenchto
El tecnofascismo al descubierto: la reinvención de la supremacía blanca en Silicon Valley. Imagina un mundo en el que los símbolos del fascismo ya no se esgrimen con un fanatismo implacable, sino que se utilizan con una sonrisa de suficiencia, envueltos en ironía y memes digitales. El tecnofascismo actual no es el retorno del fascismo tal y como lo recuerda la historia, sino su evolución: más astuto, más lúdico y peligrosamente ambiguo. El consejero delegado sustituye al dictador, la empresa se traga al Estado y el poder ahora lleva la máscara de la innovación en lugar de la de la fuerza bruta. Esta nueva faceta de la supremacía se nutre de la desorientación, no de la persuasión. En lugar de marchar al unísono, sus seguidores comparten chistes e imágenes en internet, desdibujando la frontera entre la parodia y la convicción. El espectáculo de figuras públicas que visten uniformes que evocan los capítulos más oscuros del pasado, mientras persiguen a los más vulnerables, se desarrolla en un entorno en el que nada se toma en serio, salvo las consecuencias. Bajo este popfascismo se esconde una red de raíces intelectuales que se extiende desde la Francia de los años 70 hasta el corazón de Silicon Valley. Filósofos y teóricos han sentado las bases de una cosmovisión en la que el dominio occidental se justifica mediante la fusión de un progreso tecnológico implacable y una brutalidad sin complejos: una especie de tecnoerotismo en el que la propia máquina se convierte en objeto de deseo y de dominación. La lógica es escalofriante: monopolizar o perecer, y la competencia se desestima como un juego para perdedores. En el corazón del tecnofascismo se encuentra una profunda transformación del poder. La corporación se convierte en el nuevo soberano y maneja herramientas de vigilancia y eficiencia letal que antes pertenecían a los Estados. No se trata de un retorno al feudalismo, sino de una nueva fase del capitalismo imperial, que abandona el mito de la competencia leal en favor del control absoluto y la eliminación de los rivales. Enfrentarse a esta realidad con las viejas armas de la democracia liberal es tan inútil como atacar submarinos nucleares con pistolas de agua. En cambio, la esperanza puede residir en la tradición intelectual negra radical, que se niega a aceptar la definición de humanidad elaborada por la Ilustración, la cual sitúa a lo blanco, a lo occidental y a lo masculino como el ideal universal. En este caso, la humanidad no es un estado fijo, sino una práctica en constante evolución, abierta a la reinvención y a la lucha colectiva. Esta tradición ve a través de la promesa tecnofascista de trascender lo humano y la reconoce como un intento más de reforzar las viejas jerarquías en formas nuevas e hipertecnológicas. La verdadera resistencia, por tanto, consiste en recuperar el control de los motores del poder: democratizar el lugar de trabajo, socializar la toma de decisiones e imaginar un futuro en el que la tecnología sirva para la liberación y no para la dominación. Sin embargo, persiste una pregunta inquietante: ¿está la crítica europea al tecnofascismo atrapada en la misma narrativa a la que pretende oponerse, incapaz de liberarse de la historia que Occidente cuenta sobre sí mismo? Dado que el tecnofascismo acelera esa narrativa en lugar de oponerse a ella, el reto no es solo resistir, sino también reimaginar qué significa ser humano en la era de las máquinas.
0shared
Tecnofascismo: cuando Silicon Valley reinventa la supremacía blanca

Tecnofascismo: cuando Silicon Valley reinventa la supremacía blanca

I'll take...