Trump debería tener cuidado al asociarse con Pakistán

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Una amistad voluble: los riesgos ocultos de reavivar los lazos con Pakistán. La renovada calidez entre los Estados Unidos y Pakistán ha llamado la atención de muchos, especialmente porque la administración del presidente Trump parece ansiosa por aceptar nuevas ofertas de Islamabad. Estas van desde el acceso a minerales de tierras raras e inversiones en monedas digitales hasta la tentadora propuesta de un puerto estratégico en el mar Arábigo. A simple vista, estos gestos parecen indicar una asociación prometedora, pero la historia más profunda es mucho más complicada y está cargada de riesgos. La historia pinta un cuadro de las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán que son cualquier cosa menos estables. Durante décadas, Islamabad se ha posicionado como un aliado vital, primero como baluarte contra el comunismo y luego como socio en la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, cada capítulo de compromiso se ha definido más por conveniencia que por ideales compartidos o confianza duradera. Cuando Pakistán se unió a Estados Unidos durante la Guerra Fría, trató de aprovechar el apoyo estadounidense principalmente para contrarrestar a la India, especialmente en la volátil región de Cachemira. A pesar de las garantías estadounidenses de lo contrario, la ayuda militar estadounidense se utilizó más tarde contra la India, sembrando semillas de desconfianza que perduran hasta nuestros días. La naturaleza transaccional de esta relación se ha repetido una y otra vez, ya sea durante la invasión soviética de Afganistán o la llamada guerra contra el terrorismo. Los líderes paquistaníes han descrito a menudo su cooperación con Washington como un «apretón de manos, pero no un abrazo», lo que pone de relieve la falta de una alianza genuina y duradera. Incluso cuando el apoyo de Estados Unidos inclinó la balanza a favor de Pakistán, como durante la crisis de 1971 que llevó al nacimiento de Bangladesh, la asociación se deshizo rápidamente cuando no se cumplieron las expectativas. Si avanzamos rápidamente hasta el presente, surgen patrones familiares. Los recientes movimientos de la administración Trump (invitar al jefe militar de Pakistán a la Casa Blanca, acordar la venta de armas avanzadas e incluso ofrecerse a mediar en la disputa de Cachemira) han inquietado a Nueva Delhi. Para la India, estas propuestas amenazan la asociación estratégica que ha construido con los Estados Unidos durante décadas, una asociación que se ha vuelto cada vez más crítica a medida que crece la influencia de China en la región. Pakistán, mientras tanto, continúa cortejando a Washington con gestos calculados, desde nominar a Trump para el Premio Nobel de la Paz hasta ofrecer acceso a puertos estratégicamente importantes cerca de Irán y zonas de inversión chinas. Si bien estos pueden apelar a las ambiciones personales y sensibilidades geopolíticas de Trump, es poco probable que anuncien un cambio duradero. Los profundos lazos de Pakistán con China, su historial inconsistente como socio antiterrorista y su rivalidad de larga data con la India sugieren que cualquier deshielo actual será de corta duración. Al final, el encanto de una asociación revitalizada enmascara la realidad de que Pakistán sigue siendo un aliado precario. La búsqueda de lazos más estrechos corre el riesgo de deshacer la confianza ganada con tanto esfuerzo entre Washington y Nueva Delhi, lo que podría socavar años de progreso estratégico en el sur de Asia. Lo que parece ser una relación floreciente es, en realidad, una convergencia de intereses delicada y a menudo ilusoria, una que la historia advierte que no perdurará.
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