Un emperador romano de rodillas ante un rey persa: ¿qué hay detrás de la nueva estatua descubierta en Teherán?
Frenchto
Arrodillado ante Persia: el mensaje silencioso de una estatua en el Teherán moderno.
En la bulliciosa plaza Enghelab de Teherán, una nueva y llamativa estatua llama la atención: un emperador romano, arrodillado en señal de sumisión ante Sapor I, el poderoso rey sasánida de la antigua Persia. Esta imagen, profundamente arraigada en el arte triunfal del pasado de Irán, ha resurgido en un momento cargado de sentimiento nacional. La inauguración de la estatua no es solo una celebración de una antigua victoria, sino un gesto deliberado que vincula la historia con el presente y resuena con las tensiones políticas actuales.
Para entender este poderoso símbolo, hay que remontarse al siglo III. La dinastía sasánida, recién llegada al poder, se propuso recuperar las tierras perdidas ante Roma. Sapor I, un gobernante formidable y ambicioso, no solo recuperó territorio, sino que asestó golpes humillantes al poder de Roma. Su triunfo más legendario se produjo en el año 260 d. C., cuando capturó vivo al emperador romano Valeriano en Edesa, un acontecimiento único y devastador para el mundo romano. Abundan las historias sobre el destino de Valeriano: algunos dicen que se le obligó a servir como estribo humano del rey, otros que, tras su muerte, su cuerpo se conservó como trofeo. Estas historias, ya fueran exageradas o no, cimentaron la imagen del dominio persa.
Los artistas persas inmortalizaron estas victorias en dramáticos relieves tallados en piedra. En Bishapur y Naqsh-i Rustam, Shapur aparece representado con un esplendor majestuoso, con los romanos a sus pies o en sus manos, cuya sumisión es un testimonio de su poder. Estas imágenes no solo representaban el éxito militar, sino que también proyectaban la autoridad, la resiliencia y el espíritu inquebrantable de Persia.
Si avanzamos rápidamente hasta hoy, los ecos de esa historia resuenan en las calles de Teherán. La estatua se inspira directamente en estos antiguos relieves, especialmente en los de Naqsh-i Rustam. Las declaraciones oficiales enfatizan su simbolismo: Irán como una tierra de resistencia perenne, que conecta un «pasado glorioso» con un presente esperanzador. Este mensaje se ve acentuado por los acontecimientos recientes, en concreto, las tensiones con las potencias occidentales y los ataques en suelo iraní, que confieren a la estatua un matiz de desafío y orgullo nacional.
Al resucitar la historia de la derrota de Valeriano y el triunfo de Sapor, la estatua sirve como un recordatorio a los iraníes de su perdurable resiliencia. Pero su mensaje no se detiene en las fronteras nacionales. Al exhibirse tan públicamente, con referencias históricas tan inconfundibles, confronta a los adversarios contemporáneos con el peso del legado de Persia. Tanto si Occidente lo ve como una advertencia como si lo ve como una muestra orgullosa de su patrimonio, una cosa está clara: en Teherán, el pasado no solo se recuerda, sino que se revive con fuerza y determinación.
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