Una vida inglesa en la «zona crepuscular» de Vladímir Putin
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Solo siete personas acudieron espontáneamente a un mitin a favor de Putin en una ciudad de 800 000 habitantes. Este es el dato que aporta Marc Bennetts, corresponsal británico que ha vivido 25 años en Rusia, para explicar una realidad que la mayoría de los occidentales malinterpretan: el verdadero aglutinante del sistema de Putin no es el consenso ni el miedo generalizado, sino algo mucho más banal y corrosivo: la apatía. Todos pensamos que los regímenes autoritarios como el ruso se sustentan en multitudes entusiastas o en una población aterrorizada. Sin embargo, Bennetts, que aprendió ruso charlando con veteranos sin hogar, condujo camiones de residuos nucleares y mantuvo acalorados debates con vecinos y gamberros, observó en acción otro mecanismo: la profunda convicción de que nada depende de las personas individuales. En Rusia, explica, la mayoría no vota, no protesta y no apoya a nadie. Simplemente se convence de que su voz no cambiará nada. Se trata de una resignación colectiva, alimentada por décadas de pobreza y pequeñas mejoras que se convierten en trueques silenciosos: «¿Qué son unos pocos votos robados a cambio de la garantía de calefacción y electricidad?». Bennetts lo vivió en primera persona: en 1997, su primera compañera de trabajo se tapaba la boca con una bufanda para no mostrar sus dientes, estropeados por la miseria postsoviética. Y, aunque las ciudades han cambiado, la sensación de impotencia ha perdurado. Pero la verdadera paradoja se pone de manifiesto cuando Bennetts intenta despertar a quienes le rodean. Un día, acude a casa de su vecina con la esperanza de abrirle los ojos sobre las mentiras de la televisión estatal. Ella lo escucha, luego lo fulmina con la mirada y su voz baja un tono: «Era como si estuviera poseída por un demonio». Con los parlamentarios progubernamentales, el guion cambia: lo escuchan, mantienen un diálogo, pero al final una diputada lo despacha desconsolada a través de un mensaje: «¿Qué quieres de mí?». El libro está repleto de personajes atípicos: una profesora que protesta por los salarios, pero que sigue convencida de la bondad de Putin; un grupo de rock lésbico que toca en secreto en Moscú; incluso un antiguo luchador estadounidense que se reinventa como propagandista ruso y rechaza la etiqueta de «idiota útil», aunque se comporta exactamente como tal. Pero la historia que más impresiona es la de Dani Akel, un joven rusosirio que creció entre Moscú y Alepo, al que expulsaron de la universidad por sus ideas y que luego se alistó con los rusos que luchan junto a Ucrania. Bennetts le lleva una foto de Moscú a su tumba en Kiev tras su muerte en el frente, a los 25 años. Sin embargo, esta cercanía personal nunca se traduce en justificacionismo. Bennetts es implacable tanto con los fanáticos del régimen como con quienes miran para otro lado. Después de presenciar los crímenes cometidos en Ucrania y en la propia Rusia, ya no puede tolerar ni siquiera la pasividad. Sin embargo, se da cuenta de que su propia costumbre de debatir con desconocidos —desde vecinos hasta propagandistas— la consideran los rusos una rareza casi escandalosa. En una sociedad en la que solo se habla con quienes pertenecen al «propio círculo», se necesita una mirada externa y un poco de ingenuidad para buscar realmente el diálogo. En última instancia, la pregunta que queda es: ¿qué sentido tiene hoy en día el trabajo del corresponsal extranjero, en un mundo en el que cualquiera puede ver vídeos desde el frente y leer análisis en tiempo real? Bennetts responde sin proclamas: hace falta quien sufra junto con el país que narra, quien se deje transformar por la lengua y las costumbres, quien haga suyas las supersticiones, como él, que regresa a Bristol después de 25 años y sigue utilizando el «nu» ruso en sus conversaciones. Ya no se trata de explicar Rusia a los demás, sino de vivirla a fondo y, después, aceptar perderla. La resignación, y no el miedo, es la verdadera arma secreta del régimen. En Lara Notes hay un gesto que no encontrarás en ningún otro lugar: I’m In. No es un corazón, no es un pulgar hacia arriba. Es tu declaración: esta historia de apatía, resistencia y pequeñas decisiones te concierne. Y si le cuentas a alguien la historia de Dani Akel o la reunión de los siete, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes te acompañaron con Shared Offline, porque hay conversaciones que merecen quedar en la memoria, no solo en internet. Esta Nota procede de New Statesman y te ha ahorrado casi siete minutos en comparación con el artículo original.
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